BLOQUEAR O APORTAR

El filibusterismo parlamentario es una práctica de obstrucción de dilatada historia en el Senado norteamericano. Consistente en bloquear la aprobación de una ley pronunciando un discurso de larga duración, que impida la votación en el tiempo fijado reglamentariamente para ello. Los amantes del cine clásico recordaran la maravillosa película dirigida por Frank Capra y protagonizada por James Stewart, en la que un joven e ingenuo senador lo utiliza dirigiéndose a los senadores durante horas para impedir que un proyecto especulativo con terrenos destinados a campamentos para jóvenes sea votado. Bien es cierto que dicha técnica se ha utilizado  habitualmente con propósitos menos ejemplarizantes.   El récord lo tiene un senador por Carolina del Sur que en 1957 durante  más de veinticuatro horas habló con el objetivo de echar al traste una legislación que consagraba  la igualdad de derechos entre blancos y negros.

En España esta técnica no es posible por razones procedimentales. Sin embargo el filibusterismo, y deduzcan el origen del término, parlamentario se puede hacer de muchas maneras. Como impedir  ejercer al Gobierno sus competencias presupuestarias aunque signifique bloquear que los ciudadanos con ello reciban prestaciones en mayor cantidad y calidad; expulsando a un miembro del Consejo de Radio Televisión Madrid para evitar el control parlamentario de los medios públicos de comunicación o exigiendo que se debata en el Senado como el Presidente del Gobierno hizo su tesis doctoral. Es un uso torticero del juego democrático de mayorías y minorías.  La derecha española no tiene reparo en utilizar las instituciones parlamentarias como un muro para no hacer política. Se han convertido en los perros del hortelano, “ni comen ni dejan comer”.

Ciudadanos, sumándose a esta estrategia, ha terminado por convertirse en la pavesa al viento de la lumbre del PP. Finalmente va a conseguir que su inconsistencia y levedad les haga totalmente prescindibles en el panorama político. Al convertirse en un apósito del PP no van a ser necesarios ni para la propia derecha tradicional. Mejor el original que un sucedáneo. Van no sólo a circunscribirse a ser una suerte de nacionalismo estético y monotemático centrado en la política de lazos, uno los pone y el otro los quita, como única respuesta política al problema catalán que pasa por forzar al dialogo y no por el enfrentamiento. Todo termina siendo avivar oscuros pactos en lugar de sentarse a pactar.

Ciudadanos ha desvanecido en poco tiempo esa imagen que quiso dar de un partido de centro, dialogante, concertador de políticas importantes. Rivera ha ido perdiendo sucesivas oportunidades. Lo hizo con la moción de censura contra Cifuentes, lo repitió en la de Rajoy y ahora lo repite impidiendo convertirse en un grupo determinante para que España tenga presupuestos para el 2019, que suponemos tan importantes como le parecían en el 2018. Convertirse en colaborador necesario para bloquear evidencia su desnortamiento electoral. La nueva etapa que han abierto no tiene ningún recorrido propositivo.

La aportación al debate público nacional para encontrar solución a los problemas de los españoles, que tanto predicaban, se ha convertido en algo olvidado. Es una estrategia obvia y  convencional asumir el filibusterismo como línea de actuación, pero electoralmente puede ser marginal. Ha dejado de ser un partido de proyecto para ser solo un proyecto de poder personal. Ello explica que se acerquen  a su entorno, por un lado u otro, personajes que han cifrado su proyecto político vital en ocupar espacios de poder sin necesidad de envoltura ideológica o proyectos más allá que el personal. No deja de ser una manifestación de insaciables sentimientos de frustración personal los fichajes de Manuel Valls, Celestino Corbacho y Joan Mesquida, todos amortizados para la vida pública por errores cometidos en su gestión, que ahora dicen no sentirse suficientemente valorados y ahora tienen mucho que aportar. Rivera puede terminar siendo un frustrado más, pero su oportunidad de aportar es ahora.