BICEFALIA REAL

sotillos170316

El presidente en funciones de un Gobierno en funciones continúa aferrado a su desgastada estrategia del inmovilismo contemplativo, aparentemente insensible a los terremotos políticos que sacuden la estabilidad del país y muy directamente al partido que él dirige. Rajoy desconcierta a propios y extraños con su administración de los tiempos y de las palabras. Siempre unas horas más tarde que el resto de los mortales, sus mensajes no marcan ninguna nueva línea de actuación ni proponen una solución medianamente imaginativa que facilite alguna salida a la crisis. Se limita a administrar la renta de sus 123 escaños, repitiendo hasta el aburrimiento colectivo su condición de ganador de las elecciones, con la esperanza puesta, a buen seguro, en el fracaso ajeno, en la hipótesis de que Pedro Sánchez no fragüe una alianza -a derecha o a izquierda- que sume al menos un voto más al sí que al no en una nueva sesión de investidura.

Mariano Rajoy, sin embargo, no puede desconocer que en seno del propio PP está emergiendo un sentimiento de malestar protagonizado por los dirigentes menos vinculados al pasado, que apuestan, todavía con cierta timidez, por su relevo -agradeciendo los servicios prestados- y una limpieza a fondo de todos los que representan un pasado excesivamente vinculado a la corrupción que hace imposible contar con el Partido Popular como un socio que no contamine cualquier acuerdo. Pero Rajoy, sin embargo, todavía no está solo. A su alrededor, un núcleo de poder le muestra las encuestas en las que sigue apareciendo como el posible triunfador de unas próximas elecciones y le tientan con la idea conservadora de que “el que resiste, gana”.

A todas estas, el Gobierno en funciones ha dado ya lugar a una seria confrontación con el Poder Legislativo al oponerse a que su gestión sea sometida al control del Congreso de los Diputados. Aferrándose a dictámenes jurídicos que entran en contradicción con otros en opuesto sentido, el Gobierno en funciones vuelve a distanciarse de la percepción social y pierde la batalla de la opinión. Vuelve a quedarse solo en una posición numantina, antipática, porque nadie entiende que se hurte a la soberanía popular la capacidad de valorar la actuación de un Gobierno, ni que los ministros en funciones no intenten consensuar acciones que comprometen el futuro, máxime en esta situación de provisionalidad y debilidad ante un mundo exterior que afronta serios compromisos de los que no puede estar ausente un país del peso de España en el contexto europeo.

Voluntariamente, excluyo de este comentario semanal cualquier referencia al interminable y cambiante discurrir de las negociaciones para alcanzar un acuerdo de investidura. Las sorpresas se suceden demasiado deprisa como para avalar un pronóstico que será desmentido por las tensiones internas de cualquier parte negociadora, la fuerza desconocida de las presiones existentes, o el eco que alcancen en los medios la noticia de un nuevo escándalo o la actualización judicial de un viejo sumario. Sí quiero, no obstante, llamar la atención sobre la percepción generalizada de que frente a la inacción de Mariano Rajoy, Pedro Sánchez mantiene una agenda agotadora, arriesgada en ocasiones, pero que mantiene viva su opción y, en todo caso, le permite prolongar su condición de candidato -por tanto, protagonista escénico- a pesar de no haber recibido el encargo formal por parte del Rey. En resumen: un presidente que abdica de sus funciones y un “candidato” que actúa como si se sintiera presidente con funciones. Una inédita bicefalia en este país tan original.