BAJA INFLACIÓN Y RECUPERACIÓN ECONÓMICA

BAJA INFLACIÓN Y RECUPERACIÓN ECONÓMICA

Las caídas en las tasas de inflación de la Eurozona observadas en diciembre de 2017 y enero de 2018 han coincidido con el anuncio del Banco Central Europeo (BCE) respecto de la reducción en el volumen mensual de compras de activos, al tiempo que se sigue manteniendo que la recuperación de los salarios a medio plazo garantiza que se cumplirá el ansiado objetivo de un crecimiento de los precios cercano pero inferior al 2 por ciento. Un objetivo que en todo caso no se alcanzaría ni en 2018 ni en 2019.

Esta situación plantea varias cuestiones. Por un lado, si bien es cierto que el BCE tiene razón en que la política monetaria no basta para apuntalar el estímulo a la demanda, y que por tanto es necesaria una política fiscal más activa, su mandato de alcanzar el mencionado objetivo de inflación es incondicional. En consecuencia, en tanto en cuanto no se alcance el nivel deseado, el BCE tendría que mantener, e incluso aumentar, las medidas monetarias excepcionales, incluyendo en su caso las transferencias monetarias directas a los residentes en la Unión monetaria. En cambio, está haciendo lo contrario, con la reducción del ritmo mensual de compras de bonos públicos y privados, confiando en que las previsiones a medio plazo se cumplan. Lo que pasa es que desde 2012 todas las estimaciones de inflación han sido siempre superiores a las observadas con posterioridad.

Por otro lado, lo que subyace a esta situación es la paradoja de una recuperación de la tasa de crecimiento del producto, que no viene acompañada de una mayor inflación. Sin bien no es positivo en sí mismo que los precios crezcan, sobre todo de manera desmesurada, una inflación muy baja puede conducir a la economía a la deflación, lo que deprime la actividad al caer los precios de manera sistemática, al tiempo que indica que la economía no está operando al máximo de su capacidad.

Varios factores estructurales y cíclicos podrían explicar la baja inflación observada en un contexto de varios ejercicios de tasas positivas de crecimiento económico. Entre los primeros cabe destacar el envejecimiento de la población, con una mayor preferencia por el ahorro, el comercio electrónico, que reduce costes y precios, y la globalización comercial, que también presiona a la baja los precios domésticos como resultado de la competencia internacional.

En cuanto a las variables cíclicas, las reformas en los mercados de productos y servicios tienen a corto plazo efectos desinflacionarios, al tiempo que las reformas en los mercados de trabajo y la proliferación de los contratos temporales y a tiempo parcial ha limitado la negociación colectiva y el crecimiento de los salarios. Asimismo, el cambio en las expectativas sobre la inflación futura también ha supuesto un freno al crecimiento de los precios.

Esta evolución de la inflación debe conducir a un replanteamiento de los objetivos de la política monetaria. No se trataría tanto de bajar el objetivo cuantitativo al, digamos uno por ciento, para así decir que se cumple el mandato del BCE, que es como bajar la valla en un ejercicio de atletismo, sino de complementar el indicador actual con un objetivo de crecimiento nominal del producto interior bruto, de modo que se combine la estabilidad de precios con una economía que opera al máximo de su capacidad, es decir, en que todos sus recursos, humanos y materiales, están siendo utilizados.