AUSTRIA: UN ALIVIO ENGAÑOSO

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La derrota por la mínima del candidato ultraderechista en las elecciones presidenciales de Austria ha producido un comprensible alivio en las élites políticas, mediáticas y económicas, y en el sector más consciente y sensible de la ciudadanía europea. Es comprensible. Pero el peligro de la marea nacionalista en sus distintas formas, extremas y perturbadoras, no ha sido conjurado. Ni en Austria, ni en cualquier otro lugar del continente. Hofer, el candidato en cuestión, ha dicho que ese resultado tan apretado (seis décimas) es una “inversión de futuro”. Lo preocupante es que no es una bufonada.

Ya hubo un sobresalto en Austria en los noventa con la eclosión del Partido de la Libertad, del bombástico Jörg Haider, coincidiendo precisamente con otro momento de crisis europea, nutrida por una coyuntura económica desfavorable y la presión migratoria real o presentida tras la disolución del bloque oriental. Pero entonces el envoltorio ideológico no lo aportaba en exclusiva el nacionalismo. El neoliberalismo se arrogó la paternidad de la derrota definitiva del sistema socialista soviético y arremetió contra el socialismo que entonces funcionaba, es decir, la socialdemocracia y sus aliados o colaboradores centristas.

El ejemplo austríaco es significativo, pese a la dimensión reducida del país (poco más de ocho millones de habitantes). Austria fue uno de los casos más logrados del modelo europeo de posguerra, basado en la alternancia política ajustada al centro, de estabilidad económica y de sólidos programa de bienestar y solidaridad social. Los giros a derecha o izquierda no modificaban los pilares del sistema. Las diferencias se limitaban a la intensidad, a los ritmos, a los discursos. Lo fundamental no se alteraba.

El discurso de Hofer en Austria es muy similar al de Le Pen, el de Wilders, el de los euroescépticos británicos, los neonacionalistas alemanes y flamencos, los xenófobos nórdicos o los legistas italianos, por hablar sólo de los más poderosos (1). Rechazan la Europa de las recetas neoliberales, a pesar de defender a ultranza el capitalismo. Rechazan la Europa de la tecnocracia, aunque se apoyan en buena parte de las burocracias nacionales. Rechazan el discurso universalista de la socialdemocracia, pero se apuntan a sus programas clásicos de bienestar social, eso sí, con preferencia para los nacionales frente a los inmigrantes. Rechazan, en definitiva, cualquier modelo que iguale derechos, y supeditan las libertades individuales a la preeminencia nacional, sin explicar en qué consiste eso y adónde conduce.

EUROPA, A LA BAJA

Es un síntoma de lo que está ocurriendo. La renacionalización dominante no es sólo una cuestión de política, o de táctica. No es una receta facilona para ganar elecciones. Se trata de una cuestión estratégica.

Cada elección europea está significando un sobresalto, casi sin excepción. La próxima cita será el referéndum británico sobre la permanencia en la UE: algo más trascendente incluso que unos comicios generales, porque está en juego no sólo el destino de uno de los principales países europeos, sino de la propia Unión, al menos durante una generación.

Se están analizado los efectos de un posible NO a Europa desde la óptica británica, pero se habla menos de las consecuencias para el proyecto europeo. No es por descuido o exceso de focalización en el miembro díscolo. Para inducir el SÍ se está tratando de fomentar la sensación de que el rechazo perjudica sobre todo a Gran Bretaña. Muchos de quienes abogan por la permanencia sienten que cometerían una torpeza si mencionaran demasiado los riesgos o amenazas para Europa. El nacionalismo imperante ha conseguido que los defensores y detractores de la permanencia orienten el debate desde la perspectiva insular.

La UE ha perdido prestigio y crédito. Quien ahora hable de la unidad europea o, con más ambigüedad, del proyecto europeo, está apostando a perdedor. No es sólo cuestión de manipulación o propaganda exitosa del nacionalismo en auge. Los líderes que pivotan sobre el eje del centro político han cometido demasiados errores en la última década. La arrogancia con que se han desempeñado las distintas instituciones europeas controladas por estas fuerzas políticas, bajo la orientación y supervisión de ciertos intereses económicos y corporativos, han alimentado esta respuesta alborotada de una parte de la ciudadanía.

La recuperación del proyecto europeo empujó a la extrema derecha a la marginalidad política de la que había asomado. Ahora, sale de nuevo de la gruta, con menos ferocidad en el discurso, pero con mucha más fuerza y determinación en sus propuestas. El neoliberalismo sigue determinando las políticas socio-económicas, pero ha perdido su vigor ideológico y propagandístico. Como no se han recuperado los discursos de solidaridad y utilidad de las políticas públicas, se ha creado un vacío, una fatiga. Que está llenando el nacionalismo. Resulta muy curioso, por no decir muy inquietante, que este sentimiento dominante arremete con más virulencia contra el neoliberalismo que contra el socialismo democrático, no porque pretenda pactar o forjar alianza con éste, sino porque lo considera derrotado, amortizado.

LA LECCIÓN DE LA HISTORIA

Estos días últimos en Berlín, he podido repasar y refrescar las bases ideológicas de la ascensión nazi. Advierto, de antemano, que no pretendo comparar la actual situación con la pesadilla de los años treinta. Pero hay síntomas similares, sólo matizados por el desarrollo social y el efecto de las experiencias históricas. La atracción de las masas por soluciones enérgicas, ‘sencillas’ y ‘salvadoras’ se ha transformado pero no se ha conjurado. El miedo es uno de los principales factores de movilización política.

El miedo implica un enemigo, no basta con un adversario. Da igual que ese enemigo sea pequeño o minoritario (entonces, el judío; ahora, el inmigrante). El ‘otro’, el distinto, el extranjero cobra una importancia desmedida cuando los problemas se estancan y las soluciones no llegan. Y no llegan, según la propaganda extremista, no porque no existan, sino porque los gobernantes no se dedican a proteger el hogar común sino a garantizar su estatus privilegiado. En ese reducto de privilegiados, se viaja, se habla idiomas, se comparten gustos y patrones de consumo. El modelo de posguerra no sólo estrechó las diferencias sociales. También fue disolviendo las fronteras: primero para el comercio, luego para el capital, más tarde para una ciudadanía ávida de curiosidad y conocimiento (2).

Pero a esos logros se les busca ahora una cara oscura: la voracidad de las grandes empresas ‘sin patria’ arruinando los negocios familiares tradicionales (muy nacionales, por supuesto), la facilidad con la que los delincuentes (en su mayoría extranjeros) huyen o amplían sus tramas criminales, las masas hambrientas (que sean pobres por negligencia o por el mal gobierno sufrido en sus países les resulta indiferente) llegan para ‘quitarnos’ el trabajo, el pan y los beneficios sociales pagados (por nosotros) durante tantos años de esfuerzo.

Cuestionado el liberalismo como sospechoso de defensor de los grandes intereses multinacionales, derrotado el socialismo por los supuestos pecados de molicie, despilfarro y adocenamiento, cuando no corrupción, de sus líderes, denostadas las ‘democracias cristianas’ por blandas, o cómplices del modelo keynesiano, el nacionalismo agita la bandera nacional frente a todos esos adversarios políticos que han gestionado la crisis con decepcionantes resultados. Juega a su favor la fragilidad de la memoria histórica. Prima el aquí y el ahora.

Seguramente, la locura nazi sigue siendo una vacuna contra un extremismo violento y agresivo. Pero hay mucho daño potencial en las propuestas nacionalistas y xenófobas. Aunque no corra la sangre, los relojes europeos han empezado a dar marcha atrás. El alivio del frenazo austríaco es engañoso.

(1) “How far is Europa swinging to the Right”. NEW YORK TIMES, 22 de mayo.

(2)“Fear, anger and hatred. The rise of Germany’s new right”. DER SPIEGEL, 12 de noviembre de 2015.