ATENDER EL MENSAJE DE LOS VOTANTES Y TENER CLARAS LAS PRIORIDADES POLÍTICAS DEL MOMENTO

tezanos291215

Pasados los primeros efectos de las elecciones del 20 de diciembre, todos los esfuerzos políticos y analíticos deben orientarse a buscar soluciones viables a la compleja tarea de formar gobierno en España.

Si no se llega a ninguna solución y se tienen que repetir las elecciones, el fracaso será enorme y los españoles pagaremos altos costes en términos políticos, económicos y, sobre todo, de credibilidad. Además, lo más probable es que la repetición de las elecciones produzca resultados muy similares a los actuales y que ningún partido obtenga más de 130 o 135 diputados. Con lo cual la historia se repetirá de nuevo, en una situación económica y política crecientemente deteriorada.

Por lo tanto, ante un panorama tan delicado y difícil, los ciudadanos jamás entenderían que algunos partidos y líderes políticos se dedicaran a fijar líneas rojas unilaterales sobre criterios irrenunciables, o a alimentar tácticas de erosión personal orientadas a intentar establecer reequilibrios de fuerzas internas y externas. De ahí que los ruidos políticos, los debates de autismo interno y los enroques partidarios estén siendo vistos por muchos españoles como politiquerías totalmente inapropiadas en momentos tan complicados como los actuales, en los que es necesaria altura de miras, generosidad, tranquilidad, capacidad de diálogo y mucha inteligencia. Precisamente, es en circunstancias como las actuales en las que se puede comprobar la verdadera talla de los líderes políticos.

El mensaje de fondo de los electores el 20-D ha sido muy claro. Ellos y no los líderes y los cuadros dirigentes de los partidos son los que han impuesto la necesidad de llegar a acuerdos para formar gobierno. Los líderes y los partidos que no sepan interpretar correctamente el mensaje de las urnas estarán encaminándose a marchas forzadas hacia el precipicio y, eventualmente, hacia el suicidio político. Algo que nunca debe desecharse que ocurra en política. El problema es que algunas veces los suicidas políticos acaban inmolando a todo un partido con ellos a la cabeza.

¿Qué hay que hacer en estos momentos? Sin duda, lo primero es no perder los nervios, no caer en la tentación de realizar declaraciones públicas poco meditadas, ni adoptar posturas intransigentes y simplistas de exclusión y de protagonismo cerrado que los ciudadanos no entienden (ni comparten) y que te pueden condicionar y amarrar ulteriormente. Y, sobre todo, hay que demostrar con hechos y palabras que se ha entendido el mensaje de las urnas.

En segundo lugar, hay que tener muy claro cuáles son las prioridades políticas del momento presente y actuar en consecuencia, asumiendo que se tienen que cumplir progresivamente todos los pasos procedimentales que se establecen en la Constitución española. De ahí que nadie entienda las prisas, los nerviosismos y los movimientos políticos internos de corto plazo, que a veces parece que ni siquiera han intentado situar sobre un calendario concreto los pasos que se pretende dar.

En tercer lugar –y esto es lo más importante─, lo fundamental para tejer posibles acuerdos de gobierno es fijar las líneas maestras de una propuesta programática suficientemente coherente, que permita dar respuesta a los problemas más acuciantes del momento y que sintonice con lo que ha votado una mayoría suficiente del electorado. Lo prioritario ahora es el programa que se pueda llevar a cabo, y no las elucubraciones sobre simple aritmética electoral.

En este sentido, las direcciones de los partidos políticos tienen que acabar de hacer la digestión de los resultados del 20 de diciembre y entender con claridad que sus respectivos programas electorales no han tenido el respaldo suficiente en las urnas y que, por lo tanto, España tiene que ser gobernada durante los próximos años con un programa diferente. Y si se repiten las elecciones volverá a suceder lo mismo.

Por lo tanto, si lo primordial es este nuevo programa común (de dos o más partidos), los líderes políticos con sentido de Estado tendrían que centrarse en avanzar en la articulación de espacios de consenso en una forma que no suponga una traición para sus respectivos electorados, sino avances en políticas consensuadas que permitan solucionar los problemas más candentes. ¿En qué dirección tendría que avanzarse? ¿Cuáles son los mensajes básicos del electorado español en este sentido?

Los grandes mensajes del 20 de diciembre son claros: en primer lugar, una mayoría muy abultada (71%) ha votado que quiere un cambio de gobierno; en segundo lugar, una mayoría también notable ha votado por un giro a la izquierda (52%); y, en tercer lugar, el electorado ha dicho nítidamente que no quiere que lo que haya que hacer lo haga solo un único partido político.

Consecuentemente, en España hay que mentalizarse de que es preciso trabajar en la onda, y con los métodos, que son propios de los gobiernos de coalición, en los que las partes implicadas tienen que sentarse, hablar, realizar cesiones mutuas y buscar los aspectos que puedan suscitar mayor grado de consenso, en sintonía con el mensaje de las urnas.

En esta perspectiva, es evidente que los graves problemas sociales y laborales que aquejan a la sociedad española tienen que ocupar un lugar central en la preocupación y la ocupación de los líderes políticos. Si los posibles acuerdos de gobierno se olvidan de estas cuestiones que conciernen a tantas personas –sobre todo jóvenes─ es evidente que se verán abocados al fracaso, y que aumentará el malestar social y la indignación de aquellos –muchos─ que se sienten preteridos, marginados y excluidos de las posibilidades del crecimiento económico y el bienestar.

Quizás, las condiciones políticas actuales ─que obligan a amplios consensos─ acaben propiciando lo que algunos venimos reclamando desde hace tiempo. Es decir, un nuevo tipo de consenso keynesiano que priorice, a la vez, el crecimiento junto con el bienestar y el empleo para todos, como una apuesta inteligente y de sentido común, en la que tendrían que implicarse no solo los principales partidos políticos, sino también los agentes económicos y sociales, como ocurrió después de la Segunda Guerra Mundial, tras un período horrible de conflictos de todo tipo y de enfrentamientos armados cruelmente destructivos. Además, en su momento, tales políticas, en las que cada cual cedía un poco y todos ganaban mucho, dieron lugar a uno de los períodos de paz, empleo, prosperidad y equidad más fructíferos de la historia europea reciente.

Posiblemente, muchos electores han tenido en mente estos últimos días dicha necesidad de llegar a grandes acuerdos de carácter social cuando han diversificado sus votos en las urnas. En este sentido, el fracaso electoral de Mariano Rajoy ha sido también el fracaso de una forma de hacer política, sin sensibilidad social, que se ha traducido en altas tasas de paro, precariedad laboral y pobreza. Con los consiguientes climas de malestar e indignación que han acabado plasmándose críticamente en las urnas. Tal tipo de política es la que ha fracasado social y electoralmente, siendo preciso aprestarse a pasar página cuanto antes.

Ahora lo que hay que hacer es intentar traducir políticamente –y de manera positiva─ esa voluntad política mayoritaria. Si se logra llevar tal empeño a buen puerto, España se habrá incorporado –sin traumas, ni vacíos de poder─ al nutrido club de los países de la Unión Europea ─21 de 27─ que tienen gobiernos de coalición entre varios partidos. ¿Acaso no vamos a ser capaces de hacer lo mismo que están haciendo nuestros vecinos europeos? ¿Por qué?

A esto es a lo que habrá que dedicarse en cuerpo y alma durante las próximas semanas y meses, demostrando que se sabe estar a la altura que exigen las circunstancias políticas. Todo lo demás será visto como simple politiquería, como entretenimientos dislocados en otras tareas (perfectamente posponibles) e, incluso, como inclinaciones y reflejos propios de ese instinto tanático que todos llevamos dentro (también los países como tales), y que ahora hay que ser capaces de mantener bien controlado, y si es posible cerrado bajo siete llaves, como algunos aconsejaron hacer (en su día) con el célebre sepulcro del Cid.