ASI, NO

Los que consideramos al Partido Socialista como una pieza imprescindible y útil para garantizar los derechos sociales y democráticos de los españoles asistimos hoy con honda preocupación a su crisis interna. Estamos realmente asustados y consternados ante la deriva de un debate interno que no vemos como una confrontación de concepciones ideológicas, latentes siempre en el socialismo español que ha integrado muy distintas sensibilidades, sino por una lucha abierta por el poder orgánico que tuvo su más penosa manifestación en el Comité Federal que concluyó con la dimisión de Pedro Sánchez de la Secretaría General y la constitución de una Gestora. A partir de ese momento, las aguas no sólo no se han calmado, sino que la turbulencia amenaza ya con partir la nave en dos.

En estas fechas, la iniciativa de algunos alcaldes y dirigentes del PSOE de recoger firmas de la militancia para torcer el brazo de la Gestora y forzar la convocatoria de un Congreso y unas Primarias, “express”, impidiendo de paso la tentación de permitir con una abstención la investidura de Mariano Rajoy, parece haber conseguido un número muy elevado de adhesiones. Alcancen o no el objetivo reglamentario de sumar la mitad más uno del censo de militantes -de difícil comprobación-, lo cierto es que denota la existencia de un fuerte movimiento entre las bases. Es posible que en eso estuviera pensando Javier Fernández cuando en la recepción del Palacio de Oriente, tras una tensa conversación con la presidenta balear, declaró sentirse más comprendido fuera que dentro del partido. Lo que está haciendo irrespirable el ambiente no es la legítima confrontación de posiciones estratégicas o tácticas contrapuestas, sino el tono utilizado, sobre todo en las redes sociales, en el que la utilización de expresiones como “golpistas” o “traidores” se suma a todo tipo de descalificaciones e insultos de carácter incluso personal contra los discrepantes. Y esas son heridas muy difíciles de curar.

Desde su temporal retiro en Los Ángeles, Pedro Sánchez ha interrumpido su silencio con un corto mensaje en el que pide diálogo y concordia, genéricamente. Nada dice, prudentemente, sobre las intenciones que unos -Revilla- le adjudican de postularse en unas nuevas primarias, y otros -Iceta- niegan. Tampoco ha expresado hasta la fecha el sentido de su voto como diputado en la hipotética sesión de investidura. Y se entiende la complejidad de su reflexión.

Desde hace tiempo, con aburrida insistencia, llevo pidiendo en estos comentarios una contención verbal, menos declaraciones en los medios de comunicación, que han convertido los problemas del PSOE en un espectáculo que distrae de cualquier otro tema de preocupación general. Tiro la toalla. Porque aunque los medios decidieran, en un ataque de responsabilidad inédita, mantener una tregua sería inútil sin un ejercicio similar por parte de quienes se complacen en utilizar las redes sociales para denigrar a sus propios compañeros haciéndose eco hasta de burdos montajes fotográficos elaborados por la extrema derecha.

Seguramente hoy deberíamos estar hablando, con calma, de la adecuación de los programas socialdemócratas a los retos del siglo XXI, de la respuesta a los populismos de todo cuño o nuestro conflicto con el soberanismo. Del paro o las pensiones. Sería un ejercicio de laboratorio, un modo cómodo de alejamiento de la realidad. Hoy, ahora, nada de eso es posible mientras avanza el calendario inexorablemente y un grupo de 84 diputados socialistas tendrán que pronunciarse muy pronto sobre la formación de un Gobierno que no nos gusta o abrir la vía a unas nuevas elecciones. Que tampoco parece deseable. Así de simple. Habrá que responder a ese dilema con el corazón y la cabeza en sintonía. Nunca con las vísceras. Y menos con las gónadas. No; así no.