ARGENTINA: EL ESTILO MACRI Y EL SISTEMA PERONISTA

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Hay políticos que esconden su programa y políticos que se esconden detrás de su programa. Para los primeros, el programa es un incordio, porque son tácticos por instinto o naturaleza y prefieren no atarse demasiado a promesas o compromisos que no están seguros de saber, querer o poder aplicar. Para los segundos, el programa es una especie de garantía de legitimación, de blindaje social, para protegerse de decisiones personales o de un estilo áspero de gobierno. Los primeros suelen ser calificados como pragmáticos o tacticistas; a los segundos, se los considera populistas o militantes.

Esta dicotomía puede aplicarse al caso argentino. Si los Kirchner (sobre todo, Cristina) se amparaban en el programa, en el compromiso con ciertas capas populares de la sociedad, en los compromisos con sus supuestas bases, para justificar un estilo de gobierno discutible, es decir, se protegían detrás del programa o de la ideología, Macri pertenecería al sector de quienes esconden su programa, porque no tienen o no les interesa exponerlo.

UN PROGRAMA ‘ESCONDIDO’

En su camino a la Casa Rosada, Mauricio Macri se ha comportado, efectivamente, como un tacticista, como un pragmático. Ha sido de lo más cauteloso sobre lo que haría en caso de ganar las elecciones. Se ha limitado a consideraciones generales y a desplegar recursos evasivos, como invocar la falta de información sobre la situación real del país, para eludir compromisos concretos.

Esta actitud no sólo resulta útil para captar votos de sectores no necesariamente adscritos a su base social o a su corriente ideológica. Permite también minimizar el desgaste que sufren los políticos cuando, nada más alcanzar el gobierno, hacen algo distinto o incluso contrario a lo prometido antes de las elecciones.

Macri, por supuesto, es lo opuesto a un ideólogo. Tampoco es un populista, a pesar de que tenga gestos que puedan ser erróneamente interpretados como tales. Quienes lo conocen coinciden en destacar su perfil de gestor. Lógico, si se tiene en cuenta su origen empresarial. Parece cierto que Macri ha aplicado en su quehacer político la experiencia adquirida en la gestión de sus negocios. Por lo general, los empresarios que se meten a políticos tienden a ser pragmáticos, a no verse condicionados por exigencias ajenas al negocio.

Pero la Administración Pública no es una empresa. Los empresarios travestidos en políticos suelen enjuiciar con suficiencia la praxis política, a la que consideran sospechosa, confusa y negligente. A la hora de la verdad, muchos de ellos caen en los peores vicios que critican. Berlusconi es un ejemplo paradigmático de ello. Construyó su discurso político descalificando las corruptelas y perversiones de la decadente I República italiana, pero terminó emulando y superando sus registros más despreciables.

No hay razones para anticipar que a Macri le puede esperar la misma suerte que a Il Cavalieri, aunque en su biografía protopolítica se puedan encontrar algunas sorprendentes similitudes. Tanto Berlusconi como Macri construyeron su popularidad con las ilusiones que proyecta el fútbol, un poderoso imán que atrae a las mayorías habitualmente despolitizadas. Sin los brillantes triunfos de Milan y Boca no podría entenderse el éxito político de Berlusconi y Macri, respectivamente. Otros, por supuesto, no tuvieron tanta suerte, como Bernard Tapie, Florentino Pérez o Jesús Gil, por poner sólo los ejemplos más conocidos y cercanos. O merecen otro análisis, como el de los oligarcas rusos y ucranianos.

Sus defensores aseguran que Macri aplicó en Boca un estilo empresarial, de gestión de equipos. Y que ese mismo patrón lo trasladó al gobierno de la capital argentina. Poca ‘política’ y mucha gestión. Resultados traducibles en los balances. Eso, en fútbol, significa títulos. En un macromunicipio como Buenos Aires, servicios eficaces y eficientes (calidad al mejor precio). Un buen presidente futbolero deja que el entrenador haga las alineaciones y no se obnubila con fichajes astronómicos. Un buen jefe de Estado construye equipos solventes y no se enreda en megaproyectos arriesgados. Ese es el estilo Macri. Una derecha con rostro.

Macri es, a priori, un Presidente atípico para un país como Argentina. Una cosa es dirigir una ciudad como Buenos Aires (la capital, no la provincia), espléndida, cosmopolita, orgullosa, y otra cosa es tomar las riendas de un país desigual, contradictorio o, como se dice por allá, altamente conflictuado. Buenos Aires ha podido vivir con una especie de dandy (latino, pero dandy) al frente. Está por ver si el resto del país, el que no sólo no le ha votado, sino que lo recibe con ruidosa desconfianza, termina aceptándolo.

El país que Macri hereda parece abocado, una vez más, a una cuesta abajo en su rodar, como dice el tango, tras una década de prosperidad y mejoras sociales. Ciertamente, el balance del llamado kirchnerismo es engañoso. Ni tan brillante como proclaman sus actores y exégetas, ni tan negativo como denuncian sus adversarios y críticos. Algunos indicadores (inflación, cuentas públicas, etc,) son más que preocupantes, pero (empleo, beneficios sociales, etc.) son los más positivos en décadas.

EL FUTURO DEL PERONISMO O PARTIDO-SISTEMA

Los gobiernos no peronistas en Argentina suelen verse sometidos a un desgaste social mucho más intenso. En otras épocas, los poderosos y más que oscuros sindicatos constituían una palanca temible del Justicialismo derrotado. Alfonsín padeció y explicó con lucidez este fenómeno, en la segunda mitad de los ochenta. Hoy, esas fuerzas corporativas de dudosa representatividad obrera comparten dominio e influencia con otras organizaciones populares. Que no aguardan a Macri con los brazos abiertos, precisamente.

El peronismo, siempre difícil de entender y más aún de explicar, ha mutado de nuevo durante la era kirchnerista. En su versión actualizada hay poca fidelidad histórica y mucho discurso modernizador. Nadie, dentro del movimiento, aspira a superar las divisiones y fracciones, porque sería como negar la esencia del fenómeno mismo. Más que un partido-estado que aspira a ocupar todas las parcelas del poder, el neoperonismo sería un movimiento-sistema: los resortes de su fortaleza residirían en la sociedad más que en el Estado.

Mientras Macri empiece a fijar las líneas de su Gobierno, el neoperonismo, o mejor dicho, los neoperonismos (kirchnerista, antikirchnerista y ecléctico) tendrán que acomodar discurso, estrategia y figuras para, en primer término, definir su oposición y, a medio plazo, reescribir un programa detrás del cual se puedan esconder, es decir, blindar, legitimar sus designios personales y políticos.

Cristina Fernández puede creer que está libre del incendio que ha abrasado a Scioli, pero sus rivales no se privarán de recordarle el doble juego de seleccionar a un candidato ajeno a sus planteamientos, apoyarlo sin entusiasmo (por no decir, cortocircuitarlo) y luego desentenderse o aprovecharse de su fracaso. Pero Macri se equivocaría si creyera que esa división interna de la oposición puede beneficiarlo. Cuando interese, el nuevo Presidente se convertirá en válvula de escape, chivo expiatorio o justificación de las tensiones y enfrentamientos que aguardan, previsiblemente, al peronismo-sistema.