ALTERNATIVAS, LIDERAZGO Y CREDIBILIDAD

Que el Partido Socialista atraviesa una de las etapas más difíciles de estos cuarenta años de democracia es algo que salta a la vista. Y a poco que se eleve la mirada más allá de nuestras fronteras se comprueba que, de una u otra forma, el problema afecta al conjunto de la socialdemocracia europea. Es una crisis de identidad, derivada en gran medida de la incapacidad para dar una respuesta solvente a la ofensiva conservadora y reaccionaria que desde los tiempos de Ronald Reagan y Margaret Thacher recorre nuestro continente.

Si la raíz del problema está en la falta de alternativas idóneas frente a la política de las derechas, es obvio que, aún con la modestia y las limitaciones que impone pretender respuestas a escala de un solo país, lo que procede es que la izquierda acompañe el diagnóstico de los problemas con un listado de propuestas que perfilen la senda de los cambios. Aplicado a nuestro caso, lo fundamental para el PSOE debiera ser definir sobre qué ejes y con qué panoplia de medidas sería posible y realista ofrecer un cambio frente a la deriva que desde hace ya demasiados años sigue el Partido Popular.

Otro reto para el PSOE es intentar cerrar su crisis orgánica o, si se quiere, de liderazgo, que ha representado la salida traumática de Pedro Sánchez de la Secretaría General y el que, provisionalmente, el partido esté dirigido por una gestora.

Hay un tercer reto no menos importante para una fuerza política que tiene la responsabilidad de aparecer como una clara opción de gobierno. Se trata de la credibilidad. Es condición necesaria para recuperar el apoyo de varios millones de votantes, cuya deserción estos últimos años tiene que ver con sucesivas decepciones tanto por la forma en que el partido ha realizado su gestión cuando gobernaba como cuando ejercía la oposición.

Y en estas han llegado las primarias.

Está por completar el elenco de aspirantes a la Secretaría General y quedan incógnitas sobre el tipo de debate que va a marcar la campaña de los candidatos. Pero los primeros escarceos son, ciertamente, preocupantes. De entrada, no parece que se busque el favor de la militancia ofreciéndole una alternativa concreta frente a la derecha sino polarizar a los afiliados en un juego izquierda/derecha, pero dentro del propio partido. Adentrarse en un proceso congresual tratando de trasladar la imagen de que allí va a ventilarse la opción entre una sedicente izquierda y la supuesta derecha del PSOE es, sencillamente, un disparate. No sólo porque convertiría ese proceso congresual en una especie de ajuste de cuentas sino porque, previamente, habría que delimitar el campo de lo que se entiende por derecha y por izquierda en el partido. Pretender resolverlo con el “no es no”, dando a entender que es de derechas haber evitado unas terceras elecciones, que a buen seguro habrían acentuado el retroceso del PSOE, amén de dar la oportunidad al PP y Ciudadanos para que entre ambos consiguieran la mayoría absoluta, convierte el “no es no” en un mero testimonio de pobreza intelectual.

Si se piensa que para actuar coherentemente desde una lógica de izquierdas los socialistas franceses podrían verse obligados a votar al reaccionario Fillón para impedir que triunfe la ultraderechista Le Pen; o cuando el Brexit por una parte, Trump por otra y los rampantes nacionalismos, populismos de toda laya y xenófobos de variada ralea se coaligan para destruir la Unión Europea; o cuando en nuestros lares asumiéramos como es debido la conjunción de fuerzas necesarias para hablar en serio de reforma constitucional y revertir la deriva secesionista en Cataluña…..comprenderíamos mejor que ser de izquierdas es perfectamente compatible con tratar de entenderse puntualmente con la derecha democrática. Porque lo que tenemos ahí fuera atufa a neofascismo.

Habrá que confiar que el buen sentido acabe abriéndose paso y que no prosperen mensajes que por el afán de ganar adeptos apelen a lo emocional y rudimentario. Me refiero a lo de exaltar al protagonismo de “las bases” frente a la dirección, acusando a ésta de haberles robado la palabra. Se asemeja al “no nos representan”, a los de “abajo” y los de “arriba” y, en fin, a los reclamos de los populismos hoy en boga.

Sería deseable que emergiera alguna figura de consenso que impidiera lo que de momento aparece en términos de confrontación, no entre ideas renovadas sino de rencores acumulados. Pero como esto no parece probable se trataría al menos de no perseverar en los agravios. Porque los Congresos pueden solventar diferencias de opinión pero los agravios permanecen y lastran siempre el día siguiente.