AL PP LE CRECEN LOS PROBLEMAS

Al Partido Popular, y al Gobierno español que apoya, últimamente se le acumulan los problemas. Es lógico, ya que no los resuelve.

El de la corrupción entre sus miembros debería encabezar el ranking de esos problemas aunque, de por tan cotidiano, ya casi no es un problema sino una forma de vida. Solo cuando se produce alguna novedad es cuando repunta esa cualidad de problema. Y, ahora, se ha producido.

Resulta que el Consejo de Europa tiene un Grupo de Estados contra la Corrupción (conocido como GRECO), que ese grupo ha emitido un informe y que, el mismo, constata que España no ha cumplido satisfactoriamente ninguna de las once medidas que había señalado previamente para combatir la corrupción en nuestro país. Y eso debería ser un problema dentro del problema. Está mal que haya corrupción, está peor que no se combata, pero el colmo es que nos lo digan desde Europa y nos llamemos a andana. Es como si la corrupción fuera algo tan arraigado entre nuestras costumbres como la siesta o el uso del aceite de oliva, con la diferencia de que de estas dos últimas cosas solemos presumir como una característica de nuestra calidad de vida y de la corrupción hacemos motivo de creación de comisiones de investigación y planes para erradicarla. Pues bien, el PP tiene, o debería tener, este problema entre sus deberes a resolver en este año que entra.

Cataluña, o su gobierno, es otro problema que el PP debería encarar como suyo, aunque es verdad que no en exclusiva. No solo porque muchos consideran al PP como la causa eficiente de la desafección creada en muchos catalanes por su oposición a la reforma del Estatut de 2006. Es que, las consecuencias del corto virreinato de Sáenz de Santamaría deberían hacer pensar a su partido que algo tendrán que ver con aquel desaguisado. El final de esa etapa de diálogo de la vicepresidenta consistió, el 1 de octubre de 2017, en una ocasión en la que los independentistas pudieron transformar un simulacro de jornada electoral en un bloody sunday que ofrecer a las televisiones mundiales. El cambio de estrategia de las fuerzas de orden público al medio día de esa jornada, certificó el error. Otra parte, y no la menos importante de este problema, es la aparente incapacidad del Gobierno para ofrecer alguna iniciativa política que pueda satisfacer a algún sector de los que nutren el independentismo catalán. Más allá del 155 y de la confianza en la Justicia, no parecen tener ninguna solución a este problema. Al final, el hecho del descenso de votos y diputados en el Parlament no es más que una muestra de que, ese problema, deben considerarlo como suyo.

Pero éramos pocos y llegó la nevada. No es que sea culpa de Rajoy el que nieve, ni siquiera que salgan, en esas condiciones, muchos automovilistas sin cadenas a la carretera. Lo que es culpa suya es haber formulado, cuando estaba en la oposición, que cuando nieva tiene que dimitir el Ministro (¿o solo si es Ministra?) de Fomento. Por ello, debería tener una crisis de Gobierno de acuerdo con sus creencias más arraigadas. Y eso no deja de ser un problema por poca importancia que pueda tener ahora un ministerio tan poco inversor como el de Fomento.

Pero si esos problemas no parecen exclusivos del PP, sí que le ha surgido otro genuinamente suyo. Se trata del crecimiento de Ciudadanos a su costa. De momento, y además del resultado catalán, son solo las encuestas las que han detectado este problema. El único signo de que en el PP han notado algo es que su lenguaje, cuando se refieren a su partido colaborador, es, paradójicamente, más duro que antes. Y es de reseñar, efectivamente, lo contradictorio que es el tener que hablar mal de un partido que les está “comiendo la tostada” pero del que dependen si quieren aprobar los próximos presupuestos generales del Estado.

Aunque parece que aparte de lo señalado, nada de eso hace perder la flema a los gobernantes populares quienes, siguiendo el ejemplo de nuestro hierático Presidente, parecen querer superar la imperturbabilidad británica. Qué digo, británica, la mismísima serenidad de la orquesta del Titanic. Aunque haya quien piense que lo de Rajoy no es serenidad, sino parálisis.

Ni la actividad parlamentaria, reducida a tramitar las normas que nos envían desde Bruselas, ni la capacidad inversora, que depende de unos presupuestos no aprobados aunque ya estamos en 2018, ni siquiera la iniciativa de la agenda política, que viene también desde Bruselas, pero en catalán, son ya labores del Gobierno español. Habría que preguntarse qué hacen, porque los viernes siguen reuniéndose. Al menos, eso nos cuenta el Ministro Portavoz.

¿Faltará mucho para las próximas elecciones en España?