AHORA TODOS SOMOS FRANCIA

Veremos qué pasa el domingo, nuestro futuro dependerá de ello”, me dijo con pesadumbre. ¿El fútbol, el gordo de la primitiva o cualquier otro suceso que convierte la vida de las personas en diferente? Es lo que pensé. No, se trataba de la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas. Mal tiene que estar la cosa para que nuestro futuro, el nuestro, dependa de ese resultado. Cuando luego escuchas a los opinantes, politólogos, analistas y demás parece ser que sí. Cuando desayunamos: bombardeos a población civil con material químico; responder con la madre de todas las bombas que debía sobrar en el almacén; los esperpentos del pequeño Kim, el que queda del “eje del mal” y la flota del pacifico viajando hacia Pionyang.

¿Un proceso electoral puede ser tan esencial? Es difícil pensar que sí y más en la republicana Francia, cuna de Montesquieu y su “espíritu de las leyes”, baluarte de la separación de poderes contra el despotismo; Rousseau y su Emilio, predicando la bondad de la condición humana y sus condiciones para sobrevivir en una sociedad corrupta o el Contrato Social como base de la convivencia democrática; o del canto a la democracia republicana representativa de Tocqueville con su Democracia en América. En el país que resistió la ocupación nazi cuando sus libertades públicas fueron pisoteadas, viendo desfilar por sus calles a la Wehrmacht, las mismas en las que el pueblo francés había vitoreado la aprobación, por la Asamblea Nacional, de la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, que ha sido más que un texto, un sentimiento que ha permitido resistir a los liberticidas de aquí y de allá, imbuyendo a los ciudadanos de que la libertad, la justicia y la fraternidad son ideales universales del ser humano para la convivencia.

Si con este armazón histórico la elección del domingo es esencial, es que las cosas se han hecho muy mal en los últimos tiempos.

Que los discursos xenófobos, antieuropeos y también antidemocráticos puedan obtener el respaldo mayoritario de los franceses, no es lo grave. Lo grave es que la sociedad contempla entre el temor y la incredulidad cómo se mueven las fichas del tablero sin saber ni sentido ni dirección. Todos parecen desconocer el juego del que se trata. El fracaso del Proyecto Europeo, a pesar de las declaraciones de sus burócratas jerarcas ocultando evidenciar que están sobrepasados por los acontecimientos, es cada día más preocupante. La UE está inmersa en una espiral de insignificancia, en un entorno de gallos de pelea con proyectos egocéntricos que apuntan hacia preocupantes personalismos dictatoriales. Por su parte, los nacionalismos de las viejas democracias europeas vuelven a fluir diluyéndose en lógicas de consumo electoral interno (el Brexit lo más grave de momento).

Sociedades adormecidas políticamente, en progresiva desafección con sus representantes y resignados ante sus acciones tan políticamente correctas como inocuas para cambiar el rumbo de los acontecimientos. Líderes que confundieron moderación con complacencia, desarrollo con crecimiento, bienestar con enriquecimiento, mercado con estraperlo. En definitiva, que han renunciado a sociedades sostenibles para depositarlas en manos de los grandes monopolios del consumo en sus distintas modalidades financieras, tecnológicas, de comunicación, transporte, bienes, lujo, etc. Monopolios que siguen viendo crecer sus beneficios con una libertad absoluta en un marco jurídico que parece construido para ellos, dejando a los consumidores al albur de una legalidad tan copiosa normativamente como inútil.

Las organizaciones políticas no han sabido entender lo que estaba pasando y siguen en ello. La propia Francia es un buen ejemplo, el candidato de la derecha inmerso en la corrupción del sistema y la izquierda dividida y desnortada. El caldo de cultivo ideal para la desafección cívica.

El núcleo vital de la democracia es el ciudadano si no, es otra cosa. El problema es que los ciudadanos hemos ido perdiendo centralidad progresivamente en el sistema político. A algunos (los que han gestionado la vida pública) les da miedo otorgar esa posición protagonista sin ser conscientes de que esa es la causa (situar a los ciudadanos en un segundo plano con respecto a los poderes económicos) de lo que les da tanto miedo: que los ciudadanos busquen auspicio electoral en nacionalismos, populismos y posicionamientos radicales. Lugares muy lejanos de los que el establishment político les había reservado.

El sistema democrático es avance y desarrollo desde la estabilidad, la normalidad en la resolución de los conflictos y en la confrontación reglada y equilibrada de intereses. Cuando una sociedad se juega su futuro en un domingo (en una elección o en más), es que definitivamente hay que concluir que las cosas tal vez se hicieron de forma políticamente ordenada y complaciente para que el establishment económico no sufriera, pero otros sí sufrieron y las respuestas que se dieron no eran las que se necesitaban.

Ahora todos somos Francia y mañana… ¿qué?