AFTER-BREXIT CON AIRES DE SHAKESPEARE

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La marejada política, económica y anímica provocada por el Brexit no ceja. Sin duda, será el asunto del verano, de la rentrée (nunca mejor dicho: Francia es uno de los países más expuestos), del otoño (elección de nuevo/s líder/es en Gran Bretaña), del año próximo (citas electorales en Francia, Alemania y Holanda (¿España?)… and so on. ¿Cuánto tiempo necesitará Europa para acomodar el terremoto británico?).

Las consecuencias más importantes se prolongarán durante años, pero por exigencia mediática y por puros reflejos ciudadanos, lo que ha capturado la atención esta semana post-Brexit ha sido el catálogo victimario inmediato en el lugar del eurocidio.

LA IRONÍA TRÁGICÓMICA DE LOS TORIES

El relato del afterBrexit bien podría construirse con citas de Shakespeare. El destape de mentiras, engaños y medias verdades nos trae a la memoria una de las más memorables frases del Hamlet: “algo huele a podrido…”… en la campaña del Leave. Pero más apasionante resulta la gama completa de impulsos dramáticos shakespearianos que puede detectarse en la conducta de los tories: ambición, engaño, conjura, traición, asesinato (político, se entiende).

La caída de Boris Johnson, el demagogo líder carismático del Brexit, ha sido el asunto más impactante. “El puñal que empuñó (para matar a su amigo Cameron) ha terminado clavado en su espalda”, ha escrito el director de THE SPECTATOR, Alex Massie. El anterior alcalde de Londres es el primer líder populista que desaparece de escena. Le ha matado el éxito, no el fracaso. A primera vista, una paradoja; en realidad, pura lógica. Es muy probable que Johnson nunca creyera todo en la salida británica de la UE; y con seguridad, no estaba preparado para asumir el reto de conducir un proceso como el que contribuyó a alumbrar. Como dice, Sarah Lyall, la ex-corresponsal del NYT en Londres: Johnson se ha pasado la vida actuando como Falstaff, pero ni ha sabido, ni ha podido, ni le han dejado convertirse en el Príncipe Hal (personajes ambos del Enrique V).

Como ya le ocurriera a Thatcher, son los propios y no los extraños los que han reducido a Johnson a un elemento de usar o tirar. No ha sido el único participante en esta conspiración blanda, claro, pero el que ha aparecido detrás de la cortina con la daga en la mano ha sido el (todavía) Ministro de Justicia, Michel Gove. Como Johnson, un periodista reciclado.

Gove ya apuñaló (siempre políticamente) a Cameron, amigo del alma, situándose en el asiento delantero del rechazo a Europa, cuando el primer ministro decidió jugarse su fortuna política, y la de su país, en el referéndum. No es que se hiciera íntimo de Johnson, pero ambos se exhibieron como el tándem presentable de la campaña Leave, frente al exceso xenófobo de Farage y el UKIP.

Como en la fábula de la rana y el escorpión, Gove ha terminado picando a Johnson. Alcanzada la orilla del Brexit, el ministro declaró solemnemente que el ex-alcalde no estaba cualificado para ser el líder tory y presentó él mismo su candidatura para el puesto. Poco importa ahora que haya negado mil veces tener ese propósito. Por lo que se ha sabido, a Gove le inspiró, en su ambición/traición, su esposa (adivínenlo: otra periodista). ¿Es posible una mayor afinidad con Macbeth?

Gove se hace ahora el remolón con las consecuencias del Brexit. Pero sus planes pueden importar poco muy pronto. Es más que probable que Gove no será el nuevo líder conservador, aunque no se haya presentado por diversión o por diletantismo, como Johnson hizo con la campaña del Leave. Tratará de luchar por el puesto, aglutinando el instinto euro-escéptico de su partido y el conformismo de los resignados, en nombre de un proyecto de unificación, con el que afrontar una negociación futura con Europa en las mejores condiciones.

Lamentablemente para sus cálculos, hay otros candidatos. Y la más cualificada, sin duda, es la actual Ministra del Interior (Home Office), Theresa May. Contrariamente a Gove, May se tragó su instinto euroescéptico, primó su lealtad a Cameron y se ancló en el bando del Remain, aunque no hiciera campaña, pretextando que su cargo le exigía dedicación plena. Este aurea de dignidad y sus modestos orígenes convierten a May en una posible Thatcher del siglo XXI. Menos estridente, sin duda, pero tan dura como ella.

Pero la cuestión no es quién, sino para qué. May ya ha dicho que nada de repetir el referéndum, o de interpretarlo creativamente, o de neutralizarlo con unas nuevas elecciones planteadas como segunda vuelta de la consulta. Estos días se ha dado rienda suelta al pánico de algunos brexiters johsonianos (¿qué hemos hecho?), o al enfado de millones de jóvenes (muchos de los cuales no fueron a votar, por cierto). Pero, salvo escándalo político mayúsculo, no se puede remediar lo irremediable. La realidad se impone: Gran Bretaña ha tomado la salida de la autopista europea y no hay cambio de sentido en muchos kilómetros a la vista.

EL DRAMA LABORISTA 

En el laborismo, las cosas no pintan mejor. Si acaso, peor. Otra muestra de cómo las victorias, cuando son vicarias, se convierten en armas de autodestrucción. Al izquierdista Corbyn le tenían ganas la mayoría de los diputados de su partido, que nunca lo apoyaron, o lo hicieron de mala gana. Han aprovechado que el líder no fuera un entusiasta participante en la campaña del Remain, para lanzarse a degüello cuando ha triunfado el Brexit.

Hay un aire de impostura en la revuelta de los MP’s laboristas. Una cosa es que Corbyn denunciara la austeridad como ideología dominante en la UE y otra cosa es que predicara, o favoreciera, o fuera cómplice del Brexit. Ese dilema es anterior al liderazgo de Corbyn en el laborismo. En realidad, en la mayoría de la socialdemocracia europea puede detectarse ese malestar, esa frustración por no haber sabido, podido (en algunos casos, querido) hacer cambiar el rumbo de las políticas anti-crisis de la Unión Europea.

Corbyn conocía la irritación de una buena parte de su electorado con Europa, y la compartía. Quiso extraer la lección de los últimos fracasos electorales, al materializarse una dolorosa fuga de votos del Labour hacia los xenófobos del UKIP. Corbyn prometió presionar en favor de otra política si los laboristas volvían a Downing St, no una declaración de amor europeísta, tan hueca como inútil. Esa estrategia puede haberlo condenado.  Pero la lucha no será incruenta. ¿Acaso resonarán en los oídos de Corbyn los inmortales versos del Ricardo III: “Mañana en la batalla, piensa en mí… desespera y muere”? En la obra teatral, es la evocación del traicionado, del asesinado, en la hora decisiva del destino; aquí son los votos perdidos, los electores traicionados, las ilusiones destruidas.