A SU MODO Y SEMEJANZA

Mariano Rajoy ha cumplido el trámite de formar Gobierno. Solo dos ministras, Soraya y María Dolores, han prometido el cargo. El resto han jurado. Luego se han hecho la protocolaria foto de familia y los nuevos han experimentado la inefable sensación de estrenar cartera negra y sentirse dueños de una parcela de poder. Sus más próximos colaboradores les habrán llevado desde muy temprano los resúmenes de prensa, han buscado inmediatamente su foto y han interiorizado, cara al futuro, las firmas y los medios que han acogido con complacencia su designación y las de aquellos que les han marcado, de salida, con tinta muy negra subrayando sus peores perfiles biográficos. Los más inteligentes harán el propósito de ganarse esas voluntades, pero será difícil que superen ese rencor inicial, en medio de tantos plácemes y abrazos.

Los portavoces de la variada oposición no han podido hacer otra cosa que marcar distancia con el Ejecutivo desde el primer minuto. La respuesta inmediata, la que se almacena en la recámara y no abre brechas insalvables para el futuro, es calificar al nuevo equipo ministerial de “continuista”. Equivale a valorar el discurso de cualquier presidente en un Debate, como “triunfalista” o “autocomplaciente” .Como si pudiera esperarse que cualquier líder estuviera dispuesto a exhibir en público los peores fallos de su gestión… El Gobierno formado por Rajoy, después de la larga interinidad desde diciembre pasado, es naturalmente continuista, dado que lo sigue presidiendo la misma persona, cuya característica es la previsibilidad y un recelo acreditado ante cualquier tipo de piruetas o sorpresas de efecto mediático fugaz, pero de consecuencias incontrolables. Rajoy –me cuentan- salió muy escaldado de la experiencia con Wert. Por otra parte, el presidente del Gobierno ya había dejado muy claro en las sesiones de investidura que se sentía satisfecho con los resultados de su política económica y que no estaba dispuesto a dar un giro copernicano. No cabía, por tanto, especular con la hipótesis de que fuera a prescindir de De Guindos o Montoro como máximos referentes, aunque haya efectuado algunos cambios de competencias e incorporado algunos protagonistas secundarios, caras relativamente nuevas, como De La Serna o Nadal. La permanencia de Fátima Báñez al frente de Trabajo, y con la reforma laboral convertida en la punta de lanza de la protesta social, va a exigir un capítulo aparte en cualquier análisis y será, también, la piedra de toque para comprobar si existe un mínimo propósito de abrir cauces de negociación, inexcusables ante la debilidad parlamentaria del Partido Popular.

El conjunto de la oposición y gran parte de los ciudadanos han acogido con alivio la salida de Fernández Díaz del Ministerio de Interior, donde no debió permanecer ni un segundo más tras trascender sus sospechosas actividades y merecer la reprobación de la Cámara. Margallo se va, tras haber sido uno de los escasos “versos libres” en el anterior gabinete, con declaraciones variopintas que constituían la delicia de los medios, pero que compaginaban escasamente con el talante presidencial. Su sustituto se compadece más con el espíritu “funcionarial” de Mariano Rajoy. Algunos periodistas se equivocan todavía con su nombre. Todo un síntoma. Si alguien esperaba una revolución es que proyectaba sus deseos por encima de la realidad.

En un comentario de urgencia en las redes, escribí ayer:

“Como era de esperar, D. Mariano ha nombrado al señor Rajoy Brey como presidente del Consejo de Ministros y a algunas otras personas para que hagan lo que él mande. Es lo que suele ocurrir en los Gobiernos.
Después de este sesudo análisis, espero la sabia doctrina de los comentaristas y tertulianos, divididos entre los que los pondrán a parir sin exclusión y los que ensalzarán, sin exclusión, sus bondades.
Por supuesto, este Gobierno no le gusta ni a la Oposición ni a los ministros cesados. Yo me encuadro, por principio, en la Oposición, pero compadezco a Méndez de Vigo por el “marrón” de ser Portavoz.”

Lo mantengo…