¿A QUIÉN INTERESA LA POLARIZACIÓN?

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O las encuestas se equivocan, o lo que reflejan carece de una explicación racional. Tal como están los números, el PP, con su candidato Rajoy al frente, o bien se mantiene en los porcentajes del 20-D, o bien sube un par de puntos. La coalición oportunista (y muy oportuna para ambas partes) de Podemos e IU, alcanza cotas incluso superiores a la suma de sus votos por separado el 20-D. A la vez, las dos únicas fuerzas que mantuvieron un dialogo entre diferentes y alumbraron un pacto razonable, PSOE y Ciudadanos, a duras penas se mantienen en sus respectivas cotas de votos del 20-D, cuando no descienden.

En cuanto al PP, solo puede entenderse su mantenimiento en las encuestas por algún mecanismo cuasi-religioso de sus votantes, que al parecer les impide cambiar su voto o abstenerse a pesar del aluvión de evidencias de corrupción que cada día se descubren en su seno. Corrupción que ha dejado de percibirse como un conjunto de casos, para verse como algo que se ha hecho estructural en dicho partido con el transcurrir de los años. Han sido décadas de financiación ilegal, de recibir comisiones (cuidadosamente contabilizadas por su ex-tesorero) de las grandes empresas, de que demasiados de sus miembros han copado las instituciones públicas para ponerlas a su servicio y de que el partido ha protegido a los corruptos cuando estos han sido descubiertos. Todo ello presuntamente, por supuesto. Lo racional ante este cúmulo de evidencias sería castigar a este partido para que corrigiera dichas prácticas y renovara a los dirigentes que han sido complacientes con ellas. Continuar apoyándole genera una grave distorsión democrática, porque los dirigentes entenderán sin duda que sus votantes les disculpan y que incluso les exoneran de toda responsabilidad. Eso hace inútiles los mecanismos de los que se dota la democracia para corregir las situaciones que son perjudiciales para la sociedad.

En cuanto a Unidos Podemos, se ha analizado en varias ocasiones que sus votos se nutren principalmente de los desamparados por la crisis y de los descontentos con el funcionamiento de la democracia. Colectivos que no han dejado de crecer desde 2008 sobre todo debido a la inmensa precarización laboral que se ha instalado entre nosotros, al parecer por muchos años si ningún gobierno lo remedia: los arrojados al paro de larga duración desde las clases medias y trabajadoras, los que sobreviven con empleos precarios y mal pagados, los jóvenes que no consiguen empleo, o que consiguen uno que no les da para tener ningún proyecto vital, los desahuciados, y los recortados en los servicios públicos, que somos todos. Razones para la indignación no faltan, pero cabe preguntarse si apoyar a esos partidos es lo racional. Manifestar el descontento, o desahogar la indignación, no es equivalente a que los problemas se solucionen. Es necesario analizar con cuidado quiénes van a gestionar ese voto. Y hasta ahora sus dirigentes han dado muestras de no querer solucionar nada y de preocuparse más por aumentar su espacio electoral, y en definitiva por alcanzar más poder, que por otra cosa. Y si analizamos sus programas, “sus” en plural, pues en realidad se trata de una amalgama de fuerzas muy diversas unidas por necesidades coyunturales, encontramos de todo: desde propuestas de gasto público o de subidas de impuestos inviables, propuestas para controlar desde el gobierno a los medios de comunicación y a los jueces, pasando por la reclamación de la República, la salida de Europa y del euro, y la concesión del derecho de autodeterminación a cualquier territorio español que tenga a bien pedirlo. ¿Es serio poner el Gobierno en estas manos? ¿De verdad desean sus votantes que esta coalición gobierne? ¿Creen que van a solucionar sus problemas?

Porque las elecciones no son ni una manifestación de adhesión incondicional, ni un desahogo, ni una llamada de atención. Son un mecanismo para designar Presidentes, que puedan formar gobiernos, que a su vez puedan resolver problemas. Y a tenor de lo que dicen las encuestas, los dos presidenciables serían, o bien Mariano Rajoy, o bien Pablo Iglesias Turrión. Ellos serían los llamados a formar gobierno y a resolver nuestros problemas. La campaña que ambos están realizando pretende exacerbar la polarización de los votantes, con la indisimulada intención de centrifugarlos desde el centro a los dos extremos del espectro político. Los primeros se ofrecen como la única barrera segura frente al radicalismo y el caos, y los segundos como la única regeneración posible frente a la corrupción y los recortes. A ambos les interesa que predominen en sus votantes las actitudes pasionales frente a las racionales. Ambos son dos ejemplos de lo que entendemos por populismo: dirigirse a las tripas del votante antes que a su razón.

Dado que tres de los cuatro partidos más votados han sido muy críticos con la gestión que de la crisis ha hecho el PP, es razonable entender que tres cuartas partes de los votantes no desean la continuación de esas políticas. Lo racional entonces sería posibilitar un Gobierno que pusiera un rumbo opuesto, y no favorecer la continuidad del PP. Si la primera fuerza tras el 26-J siguiera siendo el PP y la segunda Unidos Podemos, sería muy difícil impedir que el PP siguiera gobernando.

Lo racional tras la frustrada experiencia del 20-D sería apoyar a las fuerzas, que a la vez han reflejado en sus programas un deseo de cambio, y han manifestado en sus actitudes un deseo de entenderse entre diferentes. Porque también se equivocan los que entienden la formación de gobierno como una confrontación ideológica izquierda-derecha. Si hemos de hacer caso a las encuestas, los dos bloques recibirán el 26-J exactamente los mismos votos que el 20-D. No es razonable esperar que la izquierda “aplaste” a la derecha. Hay que prepararse pues para dialogar y pactar en base a programas, antes que en base a ideologías, y no esperar a que uno solo imponga su “verdad”. Lo racional sería por tanto apoyar a los que han demostrado ser más capaces de dialogar y de pactar.

Una vez más, es mucho lo que nos jugamos en las próximas elecciones y conviene administrar el voto con sumo cuidado, no vaya a ser que por hacer caso a las tripas antes que a la razón hagamos ingobernable este país por muchos años. Entre otras cosas, porque los problemas (déficit, deuda, pensiones, precariedad, pobreza) siguen ahí y no van a esperar eternamente. Si no salimos del bloqueo en el que llevamos desde hace un año, los problemas pueden estallarnos en las manos.