A PESAR DE TODO, SIEMPRE NOS QUEDARÁ EL SINDICATO

A PESAR DE TODO, SIEMPRE NOS QUEDARÁ EL SINDICATO

El fenómeno Trump, el Brexit y el previsible auge de los partidos de extrema derecha en las próximas elecciones de Alemania, Francia y Holanda están ocupando las cabeceras de los medios de comunicación y son motivos de gran preocupación para la ciudadanía, sobre todo por el riesgo que corre la propia democracia y los derechos humanos. Por si esto fuera poco, los politólogos vienen mostrando su asombro ante la profunda crisis de la socialdemocracia y, por prolongación, de la izquierda en general. Solamente el reconocimiento de la gestión del Gobierno de izquierdas en Portugal (incluso positivo para la UE) y las Primarias celebradas recientemente en Francia están suscitando alguna ilusión y esperanza en los ciudadanos progresistas y confirman el desapego de muchos militantes de izquierda con las políticas -nada diferenciadas de la derecha- que practican, incluso, algunos partidos considerados progresistas.

En este contexto, la crisis abierta en Podemos y la pugna en torno a las Primarias en el PSOE resultan incomprensibles; simplemente porque están facilitando, sin oposición, la continuidad del Gobierno de Mariano Rajoy (ya nadie habla de una legislatura corta) y, por lo tanto, de su lamentable política económica y social. En concreto, el mantenimiento de la reforma laboral está consolidando la devaluación salarial, la precariedad de nuestro mercado de trabajo y una relación de fuerzas desfavorable para los sindicatos, que está dificultando que la CEOE-CEPYME se siente a negociar un Acuerdo de referencia para la negociación colectiva de 2017 y confirma la actitud lamentable, interesada y cortoplacista de los empresarios. A ello contribuyen las dificultades que tienen los sindicatos para movilizar a los trabajadores, al carecer actualmente de suficiente capacidad de presión delante de las empresas y de los Gobiernos (no asustan ni se les temen), lo que les obliga a practicar una acción sindical de corte defensivo y encaminada exclusivamente a limitar daños.

El deterioro de los sindicatos, agudizado por la gestión de la crisis -víctimas incluso de burdas campañas de desprestigio e, incluso, tachados como opuestos al progreso social-, es un fenómeno altamente preocupante y poco analizado en la UE y en nuestro país; sobre todo cuando sabemos que la recuperación de la izquierda pasa en buena medida por el fortalecimiento de los sindicatos. El primer hecho constatable es que la globalización del capital no tiene una respuesta semejante desde el movimiento sindical internacional. En la actualidad, la Confederación Sindical Internacional (CSI) y la Confederación Europea de Sindicatos (CES) no son interlocutores con suficiente capacidad de presión disuasoria frente a las empresas, el sector financiero y los gobiernos, ni tampoco son una referencia capaz de unificar las estrategias y las reivindicaciones de los sindicatos nacionales, ni siquiera a través de la negociación colectiva a nivel europeo. En todo caso, debe quedar suficientemente claro que la socialdemocracia sin sindicatos no es posible y que, de la misma manera, los sindicatos, sin el concurso y el apoyo político de la socialdemocracia -así como de una regulación equilibrada del derecho del trabajo-, tendrán muchas dificultades para desarrollar con eficacia su acción sindical.

Por otra parte, los sindicatos están sufriendo una difícil adaptación a los nuevos cambios que se están produciendo en los centros de trabajo, presididos por la digitalización, la robótica y la revolución industrial 4.0. Debemos recordar que las condiciones de trabajo condicionan la actividad sindical, con el inconveniente de que hoy no conocemos lo que nos puede deparar el trabajo futuro puesto que el 75% de los empleos actuales desaparecerán en el año 2050. Es lógico, por lo tanto, que los sindicatos redoblen su apuesta por defender la Centralidad del Trabajo en una sociedad encaminada a potenciar la economía especulativa y a minusvalorar el trabajo, sobre todo cuando es considerado por el pensamiento liberal conservador como algo residual y del pasado (Arqueología industrial). A pesar de que, como manifestó el profesor Juan José Castillo, no estamos ante el fin de la sociedad del trabajo; ni siquiera ante una cesión del papel del valor trabajo: “trabajo fluido, disperso, invisible, intensificado, desregularizado, pero trabajo al fin…

La legislación laboral y social también resulta clave para el desarrollo de la acción sindical, lo que justifica que los sindicatos insistan en la “recuperación de los derechos perdidos” por la crisis en los últimos años. Con la actual reforma laboral es muy difícil desarrollar la actividad sindical por sus devastadores efectos sobre el empleo, la precariedad, los salarios y la negociación colectiva y, finalmente, por su deriva hacia la desigualdad, la pobreza y la exclusión social. Como es lógico, esto afecta considerablemente a la afiliación y a la representatividad de los sindicatos en los centros de trabajo. Por eso, no es aceptable que la competitividad de las empresas se establezca a costa de los trabajadores y, en concreto, de los salarios y del mantenimiento de un modelo productivo obsoleto, regresivo y sin futuro. Sobre todo cuando llevamos cuatro años de crecimiento del PIB y la mayoría de las empresas han superado la crisis e, incluso, han entrado en una fase de obtención de importantes beneficios.

Los sindicatos, en este marco, deben sobre todo dar respuestas específicas a colectivos emergentes sin relación con el movimiento sindical: desempleados, precarios, falsos autónomos, inmigrantes, pensionistas, técnicos y mandos intermedios… Ello requerirá una organización específica, al margen de su encuadramiento vertical en los sindicatos y federaciones correspondientes. Particularmente, los sindicatos deben responder también a los trabajadores de las pequeñas empresas. En estos momentos los trabajadores de las empresas de menos de diez trabajadores no están en contacto con los sindicatos. Por eso hay que establecer una organización específica (¿horizontal?) para defender con eficacia a estos trabajadores.

En todo caso, el futuro sindical pasa por mantener su anclaje en los centros de trabajo, en los sectores de producción y servicios y por fortalecer su presencia en la propia negociación colectiva. Esto deberá ser compatible con acrecentar su presencia en las redes sociales y en las movilizaciones ciudadanas, así como con la mejora de su relación de fuerzas en torno al diálogo social con el Gobierno y los empresarios. Precisamente, cuando se vuelve hablar nuevamente de movilizaciones, no estará de más recordar la experiencia de Francia en el verano pasado como modelo eficaz de presión de abajo (empresas y sectores) hacia arriba (ámbito estatal), que mantuvo en vilo al Gobierno y a los empresarios en Francia durante meses en su enfrentamiento contra la reforma laboral impuesta en nuestro país vecino.

Otro aspecto relevante tiene relación con el concepto de democracia industrial o si se quiere de participación de los sindicatos en las empresas e instituciones. Es evidente que los sindicatos deben revisar la eficacia de su presencia en las instituciones del Estado (CES, INEM, IMSERSO, INSS, INSALUD…) y en todo el entramado relacionado con la formación profesional. En este caso, los sindicatos deben seguir impartiendo formación profesional con absoluta transparencia, al margen de la formación sindical de sus afiliados (“obreros conscientes”), pero nunca deben hacerlo como medio para financiar las estructuras del sindicato. Debemos recordar que la financiación del sindicato debe ser tratada de manera específica amparándose en que su acción sindical se dirige a todos los trabajadores -no sólo a sus afiliados-, lo que justifica y exige una respuesta rápida y satisfactoria del Estado.

Finalmente, la consolidación de los sindicatos pasa por defender con uñas y dientes su autonomía sindical. Ello debe ser compatible con la búsqueda de acuerdos con los partidos progresistas, que tengan como fin defender a los trabajadores en general y a los más débiles en particular. A ello deberá acompañar siempre, en un marco de pluralidad sindical, la unidad de acción de los sindicatos para optimizar la práctica sindical en torno a la negociación colectiva y a las movilizaciones obreras. Todo ello, además, debe generar una fuerte participación de los afiliados en la negociación colectiva y, en concreto, en la elaboración de las tablas reivindicativas, así como en la ratificación y seguimiento de los Acuerdos, desde el máximo respeto a la democracia interna como antídoto ante el riesgo, siempre presente, de burocratización de los sindicatos.

Este escueto análisis no debe ser considerado desalentador, y mucho menos negativo, sino precisamente todo lo contrario. Los sindicatos son necesarios y subsistirán mientras exista la explotación del hombre por el hombre y el centro de trabajo sea un lugar con condiciones de trabajo y de salud degradadas. En los países donde existen sindicatos los trabajadores gozan de mejores condiciones de trabajo; lo mismo pasa en las empresas sindicalizadas sobre las que dificultan la organización de los trabajadores en sindicatos. En este sentido, es elemental recordar el éxito de las empresas del automóvil en España, en competencia con las empresas de otros países, exportando un altísimo porcentaje de su producción a los países más avanzados; todas cuentan con un denominador común: su alto grado de sindicalización responsable y eficaz.

Por lo tanto, la pregunta que procede es, ¿qué hacer para fortalecer a los sindicatos? Contestar a esta pregunta no es nada fácil; sin embargo, no estaría de más que los sindicatos constituyan por separado un Observatorio permanente, con visión a largo plazo, que analice y haga un seguimiento de los cambios derivados de las nuevas tecnologías y participe en los debates que ya se están produciendo en Observatorios similares de la UE. El propósito no es otro que revisar a fondo la política del sindicato y aconsejar los cambios que procedan en la estructura, organización (afiliación y representatividad), finanzas… y en la estrategia sindical encaminada a defender a los trabajadores en los centros de trabajo: empleo, contratación, salarios, jornada, condiciones de trabajo, salud laboral, reparto de los beneficios que se generan por el aumento de la productividad, participación en la empresa…, así como a los trabajadores como ciudadanos en otros asuntos de gran relevancia, alcanzando en este caso, y si es posible, acuerdos con los partidos socialdemócratas: sanidad, enseñanza, servicios sociales, pensiones, dependencia, fiscalidad, cambio climático…

En todo caso, nuestro país necesita unos sindicatos fuertes: más democráticos, más participativos, más abiertos, más de combate y capaces de ilusionar, sobre todo a los más jóvenes. Sin duda, eso contribuiría a recuperar la política en general y las ideas socialdemócratas (redistributivas) en particular y, desde luego, sería un paso decisivo para conseguir una sociedad más justa y solidaria, en coherencia con la lucha de nuestros mayores (fuertemente marcada por la utopía y la ética pablista) por alcanzar una sociedad de hombres libres, honrados, iguales e inteligentes.