A PESAR DE TODO, AVANZAMOS

La tónica de la mayoría de los comentarios políticos suele ser pesimista, lo cual se justifica por la inmensa cantidad de problemas que nuestro país tiene pendientes de resolución y por la no menos inmensa pasividad con la que nuestro Gobierno los deja pudrirse. Hoy, sin embargo, me voy a permitir ser optimista, porque observo en las últimas semanas cómo nuestra sociedad se mueve en un sentido esperanzador, y en mi opinión, progresista.

Empezando por el culebrón del Máster de la ya ex-presidenta de la Comunidad de Madrid, creo que el motor de los acontecimientos ha sido la indignación popular. Fue esa indignación la que, bajo pena de un futuro castigo electoral, movió a Ciudadanos a no poder hacer la vista gorda y a exigir, primero tímidamente, una comisión de investigación, y después, la dimisión de la protagonista. Exigir menos hubiera sido peligroso, dada la dimensión que había alcanzado el problema. Fue después la presión de Ciudadanos, empujado por la indignación popular, la que hizo comprender al PP que debía claudicar y entregar la pieza Cifuentes. La resistencia numantina de esta última precipitó el golpe bajo final del ominoso vídeo filtrado por sus correligionarios, que ya hizo imposible su no dimisión. Aunque por caminos torcidos y muy cercanos a los peores métodos de la mafia, en último extremo la presión popular ha derribado a una persona indigna de presidir a los madrileños. Lo cual es una buena noticia. Tal vez hace unos años, los madrileños nos hubiéramos resignado, como nos resignamos al tamayazo de 2003 y a todas las tropelías que el PP ha realizado en la Comunidad de Madrid desde entonces. Después de las incontables muestras de corrupción y de comportamientos mafiosos que hemos presenciado en los últimos años, sería un perfecto colofón de este episodio que Ciudadanos dejara de echarle una mano al PP de Madrid, reconociera de una vez que la única forma de regenerar ese partido es enviarlo a la oposición cuanto antes, y apoyara la investidura de Ángel Gabilondo, una persona de intachable trayectoria.

El segundo éxito popular ha sido el compromiso del Gobierno de subir las pensiones con el IPC en 2018 y 2019. De nuevo, el éxito ha venido por caminos torcidos, porque ha sido el oportunismo del PNV, presionado a su vez por sus jubilados, y la necesidad acuciante de tener unos presupuestos aprobados, lo que ha precipitado una decisión que tan solo unos días antes se negaba con firmeza. Se acusaba a la oposición de demagógica y de hacer política con las pensiones. Y eso es justo lo que ha terminado haciendo el Gobierno: política con las pensiones, política de zanahorias como la que le gusta al señor Montoro, para tener unos presupuestos que le permitan aguantar hasta 2020 y a la vez recuperar algo el voto de los jubilados, que ya empezaba a estar en el aire. De nuevo la presión popular, expresada en decenas de manifestaciones, ha sido determinante.

El último episodio esperanzador ha sido la gran movilización de la sociedad en contra de la sentencia dictada por un tribunal de Pamplona en el juicio de la salvaje violación de una joven de 18 años por un grupo de cinco energúmenos, autodenominados “la manada”. La sentencia reconoce los hechos pero no deduce el delito más grave de violación, sino uno más benigno de abusos. En este caso, no es la ley lo que está mal, sino la interpretación que de ella han hecho dos de los jueces (uno de ellos, para mayor perplejidad, una mujer). La indignación ha subido de tono al conocerse el voto particular del tercer magistrado, el cual ni siquiera aprecia abusos sino tan solo sexo consentido. La sentencia y la indignación consiguiente han puesto de manifiesto la inmensa distancia que existe entre la percepción popular, y muy particularmente la de las mujeres, y la de unos jueces anclados en prejuicios de otro tiempo. La diferencia entre sexo consentido y violación es obvia para cualquier mujer y para la inmensa mayoría de los varones. Pero muchos jueces siguen culpabilizando a la mujer agredida y les exigen que se jueguen la vida ante sus agresores para reconocerles el delito de violación. En mi opinión, esta movilización, unida a la gran movilización que las mujeres protagonizaron el 8 de marzo, van a cambiar las cosas. Es un movimiento que no va a resignarse y que va a resurgir una y otra vez en cada ocasión en que se repitan sentencias vergonzosas como la de Pamplona. Habrán de cambiar las leyes, o la formación de los jueces, o todo lo que sea necesario, pero es la justicia la que ha de adecuarse a las nuevas percepciones de la sociedad de lo que es justo y lo que no lo es, y no al contrario. Si las sociedades evolucionan, también han de hacerlo las leyes y los jueces.

El año 2018 nos está trayendo un nuevo y esperanzador despertar de la sociedad, después de haber estado asustada y retraída durante los largos años de la crisis. Ahora que se aprecia de nuevo el crecimiento económico, la sociedad se apresta a no consentir que el reparto de la riqueza siga siendo desigual. Hoy han sido las mujeres y los jubilados y pronto les seguirán el resto de los trabajadores y los jóvenes, es decir todos los paganos de la crisis. Una sociedad del siglo XXI, con la inmensa capacidad que tenemos de producir riqueza, no puede consentir que esta se quede en unos pocos bolsillos, mientras la gran mayoría de la población pasa graves penurias. Tampoco una sociedad moderna y educada puede resignarse a la corrupción de unos pocos políticos, ni a la postergación indefinida de los derechos de las mujeres. Esa no resignación es lo que hemos visto estos días.