“A MI ES QUE NO PUEDEN PREGUNTARME…”

iglesias20715

Con un gesto de resignación que roza el fatalismo, mi vieja amiga, otrora una profesional bien valorada y ahora expulsada del mercado laboral, harta de llamar a miles de puertas, rebajando cada día sus pretensiones y mordiendo su orgullo, acepta una taza de café, agradece la oferta de unas tostadas y recobra por un momento el chispazo inteligente de su mirada. No espera demasiado del 20 de diciembre, aunque tiene muy claro a quien no dará en ningún caso su voto. Me confiesa que nunca pensó que tuviera que admitir que alguna forma de caridad –ella que siempre militó contra las virtudes teologales o cardinales- fuera ahora su último refugio para sobrevivir. No se oculta cuando acude a recoger su lote en el Banco de Alimentos. Es, sencillamente, una más del 45% de parados que ya no recibe ninguna prestación de desempleo.

Pasa frío. Hasta el punto de que prefiere que salga el sol sobre su ciudad pese a que gravite sobre ella la boina de la contaminación. Se le ha estropeado el televisor y no ha podido seguir ningún debate ni descubrir el lado humano de los candidatos. Lee algún periódico con un día de retraso, cuando los deposita, arrugados, entre sobras, el vecino que ahora elude su mirada en la escalera. Ha consumido sus ahorros y tiembla cada vez que llegan las facturas del gas o la electricidad. La cuota mínima, porque ella apenas consume, pero que se convierte en máxima en función de su pobreza. Todavía tiene fuerzas para acudir a alguna manifestación de protesta callejera. Se encuentra, entonces, con algunos compañeros de viejos tiempos. Cada vez somos menos, me confiesa. “Parece que ahora es más útil el grito en las redes sociales…”. Ella ya no puede hacerlo. Acaban de cortarle la conexión a internet y la señal telefónica.”Aguanto pasar frío, exprimir al máximo la dieta alimenticia, acostarme temprano para no ver la oscuridad, pero me mata el aislamiento. No poder oír la voz de un familiar o de un amigo es insoportable”  Ha pasado a ser una sombra aislada en un país que se mide con las grandes potencias occidentales.

Empieza, al fin, formalmente, la campaña electoral. En estos momentos, cuando conservo el roce de la mano de esa mujer que es más que un símbolo de un desgarro colectivo, faltan minutos para que se den  a conocer los datos de la macro-encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas. A partir de ahí, cada partido arrimará el ascua a la sardina de sus resultados. Se escudriñará cada apartado y se subrayará el aspecto que más convenga para exhibirlo como un trofeo. Desde “la mejor encuesta es la de la urnas” hasta “queda claro cuáles son las preferencias los ciudadanos”, se abre un amplio abanico de posibilidades para consolar a los propios o enardecerlos. Ganará la pelea de la opinión quien sea más hábil y más rápido en situar el mejor titular. Exactamente igual que al término de los debates.

Mientras tanto, mi vieja amiga camina por la acera donde hace sol hacia una cita de trabajo. No podrá dar ni una dirección de correo electrónico ni un teléfono de contacto. “Les digo que soy un desastre, que los tengo estropeados… pero creo que adivinan la verdad… En todo caso, tampoco han podido entrevistarme los del CIS”. Y, como a ella, a varios millones de españoles.