Ha bastado con que el ministro de Trabajo hiciera una referencia de pasada a algo tan obvio como que muchos españoles disponen de una pensión privada para completar la jubilación , como para que el morbo informativo se desplazara hacia el objetivo de poner rostro a los ministros y dirigentes políticos que han dedicado parte de sus ahorros a asegurarse un mejor futuro. Luego hemos sabido que son muchas las instituciones- el propio Parlamento, los trabajadores de bastantes empresas- que practican esa costumbre. O que el propio Estado, con diferentes gobiernos, ha incitado a practicar ese tipo de ahorro con incentivos fiscales. Debatamos, pues, esa política y no las singulares respuestas de los políticos afectados, alguno de los cuales, como cogido en trampa, admite que tiene ese plan de pensiones, pero que anima a los demás a seguir su ejemplo.
No es posible exigir a ningún dirigente político que acuda a una convocatoria periodística obsesionado de tal forma por evitar una torticera interpretación de sus palabras que termine falseando su lenguaje, hasta hacerlo inane, pero si es recomendable que se mida el grado de exposición al riesgo. En ningún otro país es imaginable que una personalidad política inicie su jornada respondiendo a varias entrevistas telefónicas o que tenga que interrumpir su tarea al frente de un equipo de crisis- terremotos, inundaciones, secuestros-para narrar en directo sus gestiones. Las intervenciones mediáticas de los máximos dirigentes son muy contadas y para transmitir informaciones u opiniones de relevancia., Si la realidad española es otra y bien distinta se debe a la impresión dominante de que un buen político es aquel que más veces sale en los medios de comunicación. No importa para qué ni se tiene tiempo para medir si el resultado fue más negativo que positivo. A esa tarea debieran dedicarse estos días los incontables asesores de imagen de la omnipresente presidenta de la Comunidad de Madrid, cuyas últimas ocurrencias la han llevado a las portadas pero, simultáneamente, al descrédito. La obsesión por alcanzar protagonismo ha servido para que cosechara el calificativo muy generalizado de oportunista o demagoga. Y a poner en dificultades a su propio partido. “Hablar por hablar” es el título de un acreditado programa radiofónico, pero no es una máxima recomendable para ningún político responsable. O eso creo yo.