42º CONGRESO DE UGT: “UN SINDICATO DE PIE”

42º CONGRESO DE UGT: “UN SINDICATO DE PIE”

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La UGT cumple este año el 128º aniversario de su constitución y en los pasados días 9, 10, 11 y 12 de marzo se ha celebrado su 42º congreso, lo que confirma que la historia de UGT se confunde con la historia del movimiento obrero en España. El Congreso se ha celebrado en un contexto muy adverso para los sindicatos; incluso, algunos ponen en entredicho el futuro del movimiento sindical, a pesar de que éste resulta imprescindible mientras subsista la explotación del hombre por el hombre y los trabajadores se vean obligados a defender sus intereses de forma organizada, como ya lo hicieron a finales del siglo XIX y primer tercio del siglo XX, ante la creciente acumulación del capital necesario para financiar el maquinismo derivado de la Revolución Industrial.

La actual crisis del movimiento sindical se inscribe en una sociedad en cambio permanente y acelerado hacia un futuro digital y tecnológico: cambian los partidos políticos, la judicatura, las iglesias, las instituciones, las relaciones sociales, las comunicaciones… En este caso, para explicar la crisis de los sindicatos es preciso analizar la globalización, la socialdemocracia, la legislación laboral y el mercado de trabajo cada vez más desregulado y precario. Además, es preciso reflexionar a fondo sobre su acción sindical, su financiación y, finalmente, sobre su política organizativa.

El nuevo orden mundial, la llamada globalización, se ha convertido en una pesadilla para todos, salvo para unos pocos. El final del siglo XX y comienzos del siglo XXI son testigos del imparable avance del capitalismo, que es precisamente el que gobierna el fenómeno de la globalización. La desregulación de los mercados y la economía financiera, con sus componentes fuertemente especulativos, están dominando el mundo de los negocios y las grandes empresas basan su éxito en la generación de valor bursátil en un entorno de libertad absoluta de movimientos de capitales y en el que los paraísos fiscales no son combatidos ni siquiera en situaciones extremas.

La Internacional Socialista y, particularmente, la socialdemocracia europea y los sindicatos no han sabido o podido oponerse a este fenómeno. Incluso, algunos partidos de izquierda han desmoralizado a sus miembros al no haberlos defendido de las políticas de sus enemigos o, aún peor, haberlas adoptado como propias; se han quedado sin impulso, sin ideas… A veces parece como si se hubieran quedado sin futuro aparente. Lo más grave es que en nombre de la socialdemocracia -sus peores enemigos están en sus filas- se ha venido aplicando en algunos países una política económica que ha deteriorado el empleo; aumentado la precariedad; disminuido la protección social; reducido la calidad de los servicios públicos; propiciado el desarme de la política fiscal; y golpeado a la negociación colectiva. La reforma laboral que se pretende imponer en Francia en estos momentos es un ejemplo muy significativo.

Esto no es debido sólo a la reciente crisis económica; esto viene de lejos. No debemos olvidar que ya en los primeros años de la década de los 80, los sindicatos aceptaron con lealtad, un duro ajuste industrial y de salarios justificado por la crítica situación de la economía española. Además de las medidas impopulares, lo que preocupaba a los dirigentes sindicales era el tono con el que eran tratados en las altas esferas del gobierno: la visión creciente de los sindicatos como organizaciones opuestas al progreso social; como grupos de presión en defensa de intereses corporativos a los que había que limitar su capacidad de acción. Se apostó, en definitiva, por una socialdemocracia sin sindicatos…, como si eso fuera posible.

La actual legislación laboral tampoco ayuda al desarrollo de la acción sindical. Todas las reformas laborales han perjudicado a los sindicatos y desregulado hasta límites extremos el mercado de trabajo. La última reforma del PP ha sido nefasta, porque ha dinamitado la negociación colectiva y ha golpeado duramente la autonomía de las partes. No está de más recordar que la negociación colectiva es el nudo gordiano de la acción sindical y que, por lo tanto, un sindicato y una asociación empresarial que no negocian paulatinamente se convierten en irrelevantes ante el incumplimiento forzado de sus funciones más elementales.

El desempleo y la desregulación de nuestro mercado de trabajo son también un fuerte freno al protagonismo del movimiento sindical. La última Encuesta de Población Activa (EPA) contempla casi 4,8 millones de trabajadores en paro y la contratación temporal se sitúa en el 25,66%, a lo que hay que añadir el aumento del trabajo a tiempo parcial, que alcanza a más de 2.800.000 personas, de las cuales el 62% exigen un trabajo a jornada completa. La situación se agrava al aumentar el paro de larga duración, que alcanza casi al 60% de los desempleados y caer la cobertura del desempleo que solamente cubre al 45% de los desempleados EPA.

De la misma manera, los factores internos están influyendo fuertemente en la crisis sindical. La relación histórica entre los sindicatos y los partidos de izquierda siempre ha sido fluida al tratarse de una relación entre organizaciones de clase. Sin embargo, la conversión de los partidos de izquierda en partidos interclasistas eliminó los espacios y las referencias partidarias de los sindicatos. Por eso, en la actualidad, las únicas referencias válidas de los sindicatos son la centralidad del trabajo y los trabajadores, las ideas socialdemócratas y la solidaridad internacional. Por lo tanto, en este contexto, es muy necesario reforzar la autonomía sindical a todos los niveles e, incluso, abrir un debate a medio y largo plazo sobre un mayor fortalecimiento de la unidad de acción entre los dos sindicatos mayoritarios como algunos proponen.

En tercer lugar, es lamentable el desplome que ha sufrido la formación sindical en contraste con la labor desarrollada en las históricas Casas del Pueblo, donde se divulgaban las ideas socialistas, se hacía proselitismo y se formaba a la clase obrera; sobre todo a los jóvenes a los que se quería separar de las plazas de toros, de las iglesias, de las juergas y de los abusos alcohólicos. En aquel entonces se aspiraba a formar un hombre nuevo (el llamado obrero consciente), distinto, cuando no opuesto al que se suponía había contribuido a crear la sociedad burguesa y la moral católica. Hoy la formación sindical resulta marginal y ni siquiera los delegados y los miembros de los comités de empresa tienen un fácil acceso a un curso de formación.

En cuarto lugar, debemos referirnos al riesgo de burocratización de los sindicatos como uno de los grandes males del sindicalismo moderno. No es extraño que la participación de los delegados y de los afiliados en las estructuras del sindicato, la democracia interna en la toma de decisiones y la presencia de los sindicatos en los centros de trabajo disminuya. Por otra parte, la acción sindical está muy marcada por su carácter institucional y pactista y, lo que es más grave, carece de músculo sindical, capacidad de movilización, contestación y actitud de combate en las empresas.

En quinto lugar, el movimiento sindical tiene un serio problema financiero. Los últimos ataques ideológicos a los sindicatos, entre otras cosas, han vaciado sus arcas, lo que les ha obligado a eliminar gastos y a racionalizar y reducir sus estructuras hasta límites extremos, lo que puede condicionar muy negativamente su acción sindical. Ello exige reflexionar a fondo sobre las medidas de apoyo al movimiento sindical, como ocurre en los países más avanzados de la Unión Europea, ante una realidad indiscutible: los sindicatos defienden a todos los trabajadores (sin nada a cambio), no solamente a sus afiliados, a través del diálogo social y de la negociación colectiva; por lo tanto, parte de los gastos que se generen se deberían pagar, de alguna manera, por los no afiliados, a pesar de que un sindicato debe aspirar a financiarse exclusivamente a través de sus cuotas.

Finalmente, la baja afiliación es el corolario de esta situación en un marco laboral muy desfavorable a los sindicatos (en septiembre de 2015, sólo el 48,88% de los delegados sindicales elegidos en las listas de UGT estaban afiliados) y esto ocurre sobre todo en las microempresas (de 1 a 9 trabajadores), que representan al 87,35% de las empresas y ubican al 23,37% de los asalariados; así como en el subproletariado, en los jóvenes y en los inmigrantes. Se echa en falta la ilusión y el entusiasmo por la organización obrera, la militancia, la austeridad, la ética, la honradez y la solidaridad internacional. La baja afiliación repercute en la relación de fuerzas y, desde luego, en el desarrollo de un sindicalismo de base, pegado a la realidad de las empresas y al sentir mayoritario de los trabajadores, que no se ven suficientemente representados por el movimiento sindical, lo que requiere potenciar la representatividad del sindicato en los centros de trabajo y en la negociación colectiva a todos los niveles.

En este contexto se ha desarrollado una acción sindical defensiva y de resistencia encaminada a limitar daños: acuerdos de moderación salarial y de pensiones, así como una acción sindical de marcado carácter institucional y basada en la consecución de grandes acuerdos. A estos factores hay que añadir los problemas derivados de una débil acción sindical en las empresas, la desmovilización de los trabajadores, la escasa presencia en las redes sociales y en movimientos emergentes, así como la falta de alternativas sindicales relacionadas con el desempleo y la precariedad, que han terminado por deteriorar gravemente la credibilidad de los sindicatos.

Hasta aquí unos breves apuntes sobre el diagnóstico de la situación actual debatido en el Congreso de UGT. En respuesta a este diagnóstico se ha aprobado un Plan de Acción en defensa de la justicia social, de la dignidad y de la paz en el mundo, capaz de responder a los problemas que más preocupan a los trabajadores: el desempleo (jóvenes y larga duración), los salarios (SMI), la precariedad (temporalidad, tiempo parcial, falsos autónomos…), los servicios públicos, la protección social (pensiones, desempleo, dependencia, ingresos mínimos…), la igualdad de género, la política industrial, el cambio hacia un modelo productivo sostenible y una política fiscal que ayude a superar la desigualdad, la pobreza y la exclusión social; en definitiva, la tarea más importante de los sindicatos no es supervivir, sino participar activamente en la regeneración democrática y en los cambios que la sociedad demanda, además de defender a los más desfavorecidos y excluidos socialmente por la crisis.

El Congreso ha alcanzado su mayor emotividad en la entrañable despedida de Cándido Méndez, después de 22 años ocupando la Secretaría General, así como en la elección (muy disputada) del nuevo secretario general (“Pepe” Álvarez) y de los nuevos órganos de dirección. En todo caso, el Congreso ha reforzado, aún más, el compromiso de seguir avanzando (la lucha sindical continúa), única decisión que ha resultado eficaz a través de la historia. Una historia de ilusiones, esperanzas y utopías, con avances y retrocesos y con la certeza de que, en un próximo futuro, el trabajo sindical y las ideas progresistas nos depararán nuevos logros que hoy nos parecen lejanos.