31 OCTUBRE: DÍA MUNDIAL DE LAS CIUDADES

Hace unos días, el 31 de octubre, se celebró el Día Mundial de las Ciudades, una fecha que se aprobó en 2014 por parte de Naciones Unidas. Como señala la propia declaración, “el mundo ha experimentado un crecimiento urbano sin precedentes. En 2015, cerca de 4000 millones de personas (el 54% de la población mundial) vivía en ciudades y, según las proyecciones, ese número aumentará hasta aproximadamente 5000 millones para 2030”. Efectivamente, las ciudades son hervideros de ideas, comercio, cultura, ciencia, productividad, desarrollo social y mucho más. Sin embargo, también plantean muchos problemas, desde la presión que ejercen sobre la tierra y los recursos hasta la congestión, la contaminación, la falta de fondos para dotarlas de servicios básicos, la escasez de vivienda o el deterioro de las infraestructuras.

¿Puede convertirse la ciudad en estos momentos en el espacio clave para solucionar aquellos conflictos políticos y sociales que otros niveles de gobierno son incapaces de abordar? ¿Puede ser la ciudad la respuesta a gobernar la globalización?

Es evidente que las ciudades han evolucionado muchísimo, desde la polis griega, pasando por la ciudad moderna e industrial, hasta llegar a las megaciudades superpobladas del siglo XXI. No solo en su dimensión sino en la concepción.

Las dimensiones que están tomando las ciudades del siglo XXI son inconmensurables. Para que podamos hacer una comparación, la ciudad de Madrid tiene algo más de 3.100.000 habitantes, llegando a 6.500.000 sumando toda la provincia madrileña. La megaciudad más poblada del mundo es Tokio con 39 millones de habitantes, en algo más de 16.000 km2.

A Tokio, le sigue Nueva Delhi, con 26 millones, Shanghái con 24 millones, y Bombay con 21 millones de habitantes. Pekín, Osaka, Daca, Karachi y Calcuta son ciudades con más de 15 millones de habitantes que lideran el ranking junto a ciudades como São Paulo, México, El Cairo o Nueva York ([1]). De las 14 ciudades más pobladas, nueve son del continente asiático. La primera europea que aparece es Estambul, con 14 millones, y después Moscú, con 12 millones, París que tiene 11 millones, y Londres con 10 millones.

En 2016 había 31 ciudades con más de 10 millones de habitantes y se calcula que para 2030 habrá un total de 41 megaciudades. De estas 31 ciudades, 24 están ubicadas en zonas subdesarrolladas de la zona sud del planeta. China, el país más poblado del mundo, tiene 6 megaciudades y la India cuenta con 5; aunque se prevé que, en 2025, solamente China tenga 15 megaciudades.

Lógicamente, la conversión de la superficie terrestre para usos urbanos es uno de los mayores impactos humanos: se acelera la pérdida de tierras de cultivo productivas así como la pérdida de la biomasa, afecta a la demanda de energía, altera el clima, escasea el agua, y reduce la biodiversidad, entre otros muchos aspectos, como el aumento de la contaminación o la desforestación. Pero también la concentración de población provoca grandes desigualdades y marginalidad social.

Sin embargo, no se trata de eliminar la ciudad, sino de redefinirla, de encontrar las enormes potencialidades que ese espacio puede ofrecernos, de volver nuestra mirada hacia el poder que la ciudad ostenta. Porque en la ciudad también encontramos nuestra realización, formación, cultura, asociacionismo, convivencia, oportunidades, y un largo etcétera que nos hace felices y nos proporciona bienestar. Si no fuera así, no acudiríamos como polillas en busca de la luz. La ciudad irradia su propio magnetismo.

La ciudad no es solo un problema, también ha sido el “hogar” social sobre el que los grandes filósofos han elaborado muchos de sus planteamientos. Porque, para consolidar estos “asentamientos”, se requiere también de acuerdos sociales, de legislación, de negociación y tolerancia, que asegure el equilibrio y la convivencia. Las ciudades son mucho más que asfalto y edificios, es un fenómeno vivo, que crece, se desarrolla y se modifica en función de nuestras preferencias y necesidades, que se expande sin fronteras, con mayor dinamismo e inventiva, capaz de liderar vanguardias culturales, de acoger la diversidad, de propiciar el anonimato necesario para desarrollar la propia autorrealización.

De hecho, la “glocalización” se ejerce en las urbes, donde se plantean problemas concretos y se aportan soluciones concretas al medio ambiente, la contaminación, la educación, la descentralización, la participación democrática, la integración social, la cultura,… Si en un momento determinado en la explosión de las ciudades, el urbanismo era sencillamente un instrumento de ordenación, hoy se convierte también en una herramienta política, que evite las ciudades fragmentadas, los guetos y ordenación de clases sociales en barrios y, sobre todo, que recupere el concepto clásico de la ciudad respecto al espacio público, ya que nuestra identidad como ciudadanía está ligada estrechamente a cómo es el territorio que nos acoge.

Las ciudades están poniendo en marcha planes de movilidad, recuperación de espacios para la ciudadanía, integración de transporte público, ocupación de la calle con la cultura, formación directa a la vecindad, incluso participación ciudadana en presupuestos públicos o decisiones sobre sus barrios, y una economía local propia. Incluso en un tema tan esencial como controvertido que es el cambio climático, y ante el que los gobiernos parecen paralizados, y, en el peor de los casos, negacionistas como el ejemplo absurdo de Donald Trump, los alcaldes forman sus propias redes, sus contactos, sus acciones conjuntas, su intercambio de iniciativas que resultan más viables y efectivas que las innumerables cumbres de gobiernos que, cada vez más, terminan en decepción. Así lo vemos con el último movimiento “La lucha contra el cambio climático.  Un trabajo para las ciudades”, que surgió a raíz de la retirada de Trump del Acuerdo de París sobre el cambio climático, y que movilizó a la plataforma Ciudades C40, liderado por la alcaldesa de Paris, Anne Hidalgo, y el alcalde de San Francisco, Edwin M. Lee.

¿Qué papel político deberán jugar las ciudades del siglo XXI? Benjamin R. Barber lo abordó de forma sugerente en su último libro “Si los alcaldes gobernaran el mundo. Países disfuncionales, ciudades emergentes”, que ha constituido una referencia revitalizadora para un número considerable de alcaldes y alcaldesas transnacionales.

Sin duda, las ciudades contemporáneas están definiendo este siglo y se convierten en el nuevo poder político. Son un escenario donde la complicidad entre gobernante y gobernado, entre política y ciudadanía, pueden claramente reencontrarse. Así lo defiende también Antonio Gutiérrez Rubí, en sus numerosos artículos, cuando señala “gobernar la ciudad será gobernar el mundo. Las ciudades globales deben superar, por elevación, el principio <Pensar global y actuar local>, por un ambicioso y necesario <Pensar local para actuar global>. Se trata de una nueva agenda que prioriza, ante todo, ganar el derecho a construir la ciudad democrática para garantizar la conciencia de que nuestro planeta es nuestra primera – y única – casa” ([2]).

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[1] Datos publicados en The World´s cities in 2016. ONU.

[2] Antonio Gutierrez-Rubí, “Smartcitizens. Ciudades a escala humana”, donde se recogen sus artículos relacionados con la ciudad contemporánea. Pág 37.