28 ABRIL: TAMBIÉN ELECCIONES EN LA COMUNIDAD VALENCIANA

Los valencianos nos encontramos en una doble campaña: elecciones generales y elecciones autonómicas.

Es la primera vez que la Comunidad Valenciana singulariza sus elecciones haciendo uso de su potestad estatutaria. Y tiene varios análisis que podemos realizar.

En primer lugar, el PSPV ve una buena oportunidad sumar sus votos al efecto positivo que se puede producir con el Gobierno de Pedro Sánchez. El PSOE no se puede descuidar pues, más que nunca, son elecciones que no se ganarán en solitario, y que identifican dos bloques difícilmente reconciliables, tal y como lo plantea algún partido como Ciudadanos, estableciendo líneas rojas.

En segundo lugar, los valencianos tenemos que valorar qué ha pasado en estos cuatro años. Es inevitable que en toda gestión haya luces y sombras, sobre todo, teniendo en cuenta la dificultad de gobernar en coalición.

El Gobierno valenciano ha estado compuesto por PSPV-PSOE y Compromís, apoyado por Podemos. Es evidente que ha habido dificultades de coordinación, muchas negociaciones, formas diferentes de afrontar la gestión, pero, ha funcionado. El conocido como “Acord del Botànic” supuso en un primer momento la alegría de la ciudadanía progresista de comprobar que podía ser posible cambiar el rumbo de un gobierno del PP que, después de 20 años, lo peor no era una gestión claramente conservadora y privatizadora, sino cómo se han esquilmado los recursos públicos.

La Comunidad Valenciana, junto a la Comunidad de Madrid, se convirtió en el paradigma de la nefasta gestión del PP. Sobre todo, la bárbara corrupción institucionalizada que afectó a todos los estamentos gobernados por el PP. Éramos el escaparate nacional e internacional de políticos sentados en el banquillo. Una gestión corrupta que aniquiló el sistema financiero valenciano; que recortó al límite derechos imprescindibles afectando a la educación, la salud o la dependencia, siendo la Comunidad a la cola en gasto social; una deuda multimillonaria con escándalos de una magnitud inimaginable. Por más que se hubiera hecho oposición denunciando sobrecostes, irregularidades, mala gestión, y un largo etcétera, jamás se sospechó que la desvergüenza era tan descaradamente inmoral, como para permitir desviar los fondos destinados a hospitales en Haití para comprar propiedades privadas de un conseller.

Cuatro años después, aún siguen apareciendo casos de corrupción. Por ejemplo, un nuevo juicio a Rafael Blasco, quien está ingresado en prisión. O la trama de “mordidas” millonarias en torno a la familia de la desaparecida Rita Barberá.

Hoy, en la Comunidad Valenciana, nos enfrentamos a unas nuevas elecciones autonómicas. Y no se hablará de corrupción, sino de gestión.

Esa es la primera gran novedad y buena noticia de este Gobierno presidido por el socialista Ximo Puig, quien ha demostrado una gran capacidad para escuchar, negociar, atender, ponderar, estar presente, organizar recursos, y hacerse visible dentro y fuera de la Comunidad.

Con pocos recursos por una financiación claramente desfavorable, como así se ha reconocido; con deudas debidas a los sobrecostes y a la ineficacia de una gestión que no pagaba proveedores; con dinero público esquilmado debido a la corrupción; con multas sustanciales por parte de la Unión Europea por la gestión del PP; con una ciudadanía, cuyos derechos habían sido mermados y recortados, el gobierno de coalición, presidido por Ximo Puig, ha conseguido estabilizar la economía, fomentar un turismo de calidad, reivindicar infraestructuras imprescindibles, consensuar puntos comunes entre posiciones confrontadas, y serenar a una Comunidad que se sentía indignada, humillada y estafada.

En estas elecciones, se votará por la gestión y por el modelo político. Algo absolutamente normal en democracia, que los valencianos habíamos olvidado.