29 DE NOVIEMBRE, DÍA DE LAS PERSONAS “SIN HOGAR”

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El pasado 29 de noviembre fue el día de la personas “sin hogar”, aunque todos los días haya hombres y mujeres que transitan en la exclusión social más extrema. Fueron realizados numerosos actos en diversas ciudades españolas, bajo el lema “Porque es posible. Nadie sin hogar”. Un hogar en sentido profundo, por lo que representa, como lugar de refugio y encuentro, como espacio de afecto y proyección vital. En ese sentido, resulta una obligación como sociedad que se garantice un espacio habitacional lo más parecido a un hogar para todos aquellos que han sido expulsados de los márgenes de la sociedad.

Uno de los factores exclusógenos que afecta con especial intensidad a las personas sin “hogar” es la discapacidad, problemática que a día de hoy ha merecido escasa atención por parte de los estudiosos de esta problemática humana y social, a pesar de que entre esta población se observe una alta incidencia de la misma.

Entre este sector social se hace notar de manera muy significativa la enfermedad mental, pues muchos de estos enfermos, tras la desinstitucionalización en nuestro país de los hospitales psiquiátricos en el año 1985, quedaron bajo la cuasi única protección de sus familiares, con un alto riesgo de terminar, como así fue y en bastantes casos, en la calle.

La Ley de Sanidad que llevó a la reforma psiquiátrica, ligada a las corrientes antipsiquiátricas, constituyó un avance de cara a la integración y rehabilitación de algunos de estos enfermos que disponían de redes familiares. Sin embargo, esta reforma no previó los efectos sociales de su aplicación en casos de soledad familiar-relacional y no se realizó una previsión de las posibles situaciones de desamparo en las que podían quedar atrapados. Lo anterior se materializó en una considerable presencia de enfermos mentales en la red de servicios de atención de personas “sin hogar” dispuestos por la geografía española. Y sigue siendo hoy una realidad. Basta para comprobarlo que visiten algún centro de acogida o albergue y no les quedará la más mínima duda. Según las encuestas a personas “sin hogar” del INE del año 2005 y 2012, el porcentaje de trastornos mentales severos oscila entre el 20% y el 35%, en su mayor parte esquizofrenia, psicosis y depresión mayor.

Por otro lado, el modelo de atención sanitaria ambulatoria, con internamientos psiquiátricos coyunturales, acotado a coyunturas de crisis agudas, está demostrado que no es eficaz. No podemos obviar que estamos hablando de personas con una capacidad limitada de atenderse sanitariamente y/o en su vida cotidiana. Por lo que es obligado reflexionar y dar solución a los casos de aquellos ciudadanos que empiezan por un problema de salud mental y no tienen ni familia, ni redes sociales de apoyo. Se trata de una temática que merece que la administración estudie fórmulas y reconduzca el espíritu de la ley.

Asimismo, destacar que estas personas tienen graves problemas de tipo sanitario como consecuencia de sus trayectorias personales e historias de calle. Los esfuerzos para mantener la salud mental y física son fundamentales pues estar en la calle supone incrementar las posibilidades de discapacidad. La cuestión básica no es la atención sanitaria institucional primaria, ya que el sistema de salud público ha logrado un nivel de cobertura prácticamente universal que les alcanza, a pesar de las dificultades que en ocasiones tienen a la hora de acceder al sistema sanitario. Lo complicado, por sus peculiaridades, es el seguimiento de su patología. Sería preceptivo hacer un esfuerzo para adaptar los recursos a los perfiles de ese tipo de usuarios porque en numerosas ocasiones no hacen uso los mismos por desinformación o por rechazo hacia el propio sistema sanitario.

En consecuencia, la discapacidad es un factor exclusógeno de primer nivel. Como hemos expuesto, estas personas presentan un alto número de trastornos mentales, que pueden complicarse a partir de un consumo abusivo de sustancias psicoactivas o por padecer, adicionalmente, enfermedades crónicas y/o infecciosas. Diversos estudios confirman que entre las enfermedades físicas más frecuentes se encuentran el asma, los trastornos cardiovasculares, las patologías de orden ginecológico, la bronquitis, la gastroenteritis, la diabetes, las fracturas de huesos, la hipertensión…, además de constatarse una notable prevalencia de la tuberculosis.

La Encuesta a personas sin hogar 2012 del INE alertó sobre que casi una de cada tres de estas personas padece alguna enfermedad crónica. El Recuento nocturno de personas “sin hogar” 2014 realizado en la ciudad de Madrid el pasado diciembre constató varias cuestiones preocupantes: por un lado que en su mayor parte (72,5%) no tomen medicación, por otro lado que un porcentaje que asciende al 43,9% no disponga de tarjeta sanitaria y, finalmente, que el 37,8% desconozca si está en vigor.

Por otro lado, es una evidencia que el riesgo de fallecimiento entre las personas “sin hogar” es superior al del resto de la ciudadanía, existiendo también datos contrastados sobre que su esperanza media de vida es 25 años menor a la de cualquiera de los que podamos estar leyendo estas líneas. El VIH, los tumores, la cirrosis y las patologías cardiovasculares y pulmonares son sus principales causas de muerte.

Lo expuesto en este texto pone sobre la mesa una destacable presencia de la discapacidad entre las personas “sin hogar”, con el agravante de que muchas no tienen un reconocimiento oficial de la misma. Estimo que atender la salud y la discapacidad en este contexto exigiría entre otras medidas: fomentar políticas sanitarias preventivas dirigidas a la vigilancia y control médico de las personas que se adentran en procesos de exclusión social extrema, tanto en materia de salud física como mental; capacitar a los profesionales de la salud en la atención de estas personas, ateniendo a sus particularidades y, por último, proporcionar cuidados sanitarios especializados a las personas que viven literalmente en la calle, con profesionales especialmente adiestrados en las dolencias y patologías que padecen.