2018: DESCORRIENDO LA CORTINA

El asunto catalán nos ha tenido ocupados durante demasiados meses. A semejanza de lo que sucede con un cuerpo humano cuando se desata una enfermedad grave, y lo de Cataluña lo es sin duda, las dolencias crónicas quedan momentáneamente relegadas a segundo plano. Pero al descorrer la cortina de 2018, descubrimos que los problemas crónicos siguen ahí, y que incluso se han agravado durante el tiempo en que no les hemos prestado atención.

El tema laboral es el más sangrante. La economía lleva creciendo tres años al 3%, pero los salarios siguen estancados en niveles inferiores a 2007, los trabajos son precarios y más de la mitad de nuestros jóvenes no encuentran trabajo. Y cuando lo encuentran, este suele estar por debajo de su cualificación, y lo que reciben a cambio no les permite tener un proyecto de vida ni formar una familia. Y subsiste una bolsa de 3,5 millones de desempleados, la mitad de los cuales no reciben subsidio alguno.

Estrechamente conectadas con el tema laboral están las pensiones. El Gobierno ha dilapidado irresponsablemente la hucha que estaba prevista para atender, a partir de 2020, a la jubilación de la generación del baby-boom de los 60. No ha tomado ninguna medida, de las muchas que se han propuesto, para compensar el déficit creciente del sistema debido a la baja de cotizaciones. Mantiene, a pesar de las críticas recibidas, las tarifas planas a las empresas, cuya efectividad para crear empleo se ha demostrado nula. Y lleva cuatro años congelando las subidas acordes al IPC que preveía el extinguido Pacto de Toledo. Se diría que su intención es dejar que el sistema se hunda o se degrade irremediablemente para que florezcan los sistemas privados.

Y están los brutales recortes a los sistemas educativo y sanitario, que no han sido revertidos a pesar de la mejora económica. Y está la irresponsable desinversión en I+D, que lleva camino de liquidar la posición alcanzada con mucho esfuerzo por nuestros investigadores en los últimos treinta años. Y está la abultada factura de la luz, la más cara de Europa, debido a un sistema perverso de fijación de precios y a la fobia del Gobierno hacia las energías renovables. Y está la siempre retrasada reforma fiscal que haga a nuestro país tener un gasto público acorde con su economía (seguimos 7 puntos por debajo de la media de la UE). Y está la inversión de cero euros en combatir la violencia de género, y está la politización del aparato judicial que nos ha afeado el Consejo Europeo, y el retraso de cuatro años en el modelo de financiación autonómica, y la corrupción, y… En definitiva, está un gobierno que arrastra los pies ante todos estos problemas y cuya única meta parece ser sobrevivir en mitad de ellos.

La democracia es un sistema que funciona aceptablemente cuando los niveles de desigualdad en la sociedad son soportables. Esto es, cuando existen unas amplias clases medias y una estabilidad económica y política que hacen predecible el futuro. Pero hace aguas irremediablemente cuando aparece una crisis prolongada y la desigualdad crece hasta extremos insoportables. Y eso es justo lo que estamos viviendo en España. Y los populismos que han surgido no son la enfermedad sino las consecuencias de ella. La democracia enferma con la desigualdad, y al igual que sucede con un cuerpo vivo al debilitarse, aparecen las enfermedades llamadas “oportunistas”; es decir, los virus que siempre han estado ahí aprovechan para atacar al cuerpo enfermo. Los populismos siempre han estado al acecho. El independentismo y los movimientos antisistema han existido siempre, pero solo se convierten en enfermedad grave cuando encuentran el terreno propicio para atacar. Y eso es lo que ha sucedido con el surgimiento de partidos como Podemos y con el crecimiento desorbitado del independentismo catalán: han aprovechado la crisis de la democracia para ampliar sus espacios.

Por eso, el mejor modo de combatir los populismos es restaurar los parámetros que hacen de la democracia un sistema estable: restaurar unos salarios que permitan a las familias vivir aceptablemente y tener los hijos que deseen, hacer una reforma fiscal que recaude más de los que más tienen para atender las necesidades de nuestro Estado del Bienestar, invertir más en educación y en investigación, en lugar de desinvertir como hemos hecho estos años, y acometer todas las reformas pendientes de nuestro sistema judicial, de nuestras leyes electorales, del modelo autonómico, del sistema eléctrico, y de los resquicios legales que permiten la corrupción.

Es necesario crear una conciencia social de que estos problemas no pueden seguir esperando. No podemos seguir eternamente entretenidos con las urgencias del momento. La izquierda debe ponerse de una vez las pilas y crear su propia agenda política, situando todos estos problemas en primer plano. Si no lo hace, y seguimos atendiendo a las cortinas de humo que nos lanza la derecha, cuando queramos darnos cuenta habremos perdido de nuevo el tren de la historia y seremos por mucho, mucho, mucho tiempo, un “país del sur”, que viviremos dedicados al turismo, a la mensajería y a la hostelería, para recreo y solaz de nuestros hermanos mayores del norte.