2016: INESTABILIDAD E INCERTIDUMBRE. PRIMERA PARTE.

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2015 ha sido un año de transición marcado por numerosos cambios tanto en el mundo –singular y muy peligrosa expansión de la masa monetaria mundial, crisis de la UE y elecciones griegas, refugiados, implantación del Daesh, precios del petróleo y de las materias primas, conciencia pero escasa reacción al cambio climático…- como en España -auge del independentismo catalán, fin del predominio del bipartidismo, teórico fin macroeconómico de la crisis, supuesto cenit de la corrupción, recuperación del turismo y de la especulación inmobiliaria…- y todo esto mezclado con el continuo desarrollo de unas “nuevas tecnologías” (NNTT) y de la web que están potenciando la globalización (tanto en sus aspectos positivos, ligados a la información y la interrelación, como en los negativos, ligados a la manipulación y el control) y cambiando el sustrato social de la sociedad del siglo XXI. Y que también han tenido y están teniendo un peso progresivamente creciente en el hacer político, como ha sido el caso de los nuevos partidos políticos surgidos en el imaginario colectivo español y, muy en particular, Podemos.

Caben pocas dudas sobre el hecho de que este 2015 ha significado una importante mutación política y social en España, que está poniendo en cuestión alguna de las bases de la sociedad tradicional conservadora, fuertemente reforzada desde 2012, y que va a condicionar drásticamente los sucesos previsibles a corto y medio plazo en este país. Condicionantes que van a venir definidos por tres aspectos fundamentales: inestabilidad interna, política y económica; interdependencia global con creciente dependencia española del exterior; e incertidumbre e inseguridad creciente en la sociedad europea y española. En esta primera parte de la reflexión sobre lo que puede ser 2016 nos referiremos, en particular, al primer aspecto y a la incidencia del precio del petróleo sobre el segundo.

Empezando por el primer aspecto, terminamos 2015 con el resultado de unas elecciones generales en España que avalan esa situación de inestabilidad política que fácilmente puede devenir en inestabilidad económica que ponga en cuestión el frágil repunte macroeconómico (que no social) iniciado en 2014.

La mayoría absoluta del Partido Popular en el Senado y unos resultados mucho mejores de lo razonable y esperable en el Congreso, tras sus pésimos cuatro años de Gobierno para la mayoría de los ciudadanos y de entrelazamiento con episodios de corrupción, dificultan procesos imprescindibles de cambio de rumbo en materia socioeconómica (paro, desigualdades y pobreza), ambiental (pésimo resultado de los cambios regulatorios y de la gestión del actual gobierno en funciones en esta materia) y territorial (potenciación del impulso independentista en Cataluña e incremento de las desigualdades entre las regiones españolas como consecuencia de una gestión del gobierno español absolutamente ineficiente e ineficaz). Pero a esto se añade unas pésimas noticias sobre el comportamiento interno del PSOE, que podría y debería encauzar esa puesta en cuestión de las muy reforzadas bases de la sociedad tradicional conservadora potenciadas por el PP en la última legislatura.

Parecería evidente para cualquier observador con una mínima inteligencia, que si el PSOE desaprovecha esta oportunidad de ser el vehículo director de una transición hacia un nuevo modelo constitucional y regulatorio de la sociedad del bienestar y de las relaciones socioeconómicas en España, no es muy probable que vuelva a tener otra oportunidad de hacerlo en mucho tiempo. Y, si hay nuevas elecciones, seguramente pasará a ser la tercera fuerza política, con un PP en mayoría casi absoluta, ya que probablemente recibirán el voto útil de muchos de los que han votado a Ciudadanos (el segundo presumiblemente gran perdedor ante el voto útil), lo que con la regla D’Hont les va a sumar nuevos diputados que les aproximen a esa cuasi mayoría absoluta también en el Congreso. Y terminará negociando con quién haga falta para acceder a la Presidencia de Gobierno, llevando a otro Gobierno de Rajoy que les permitirá asentar en mayor medida el neoliberalismo económico y el conservadurismo social para beneficio y negocio de unos pocos. En paralelo, muy probablemente Podemos, con nuevos y ampliados acuerdos territoriales, superará al PSOE como partido de la oposición, e irá ocupando los espacios de la socialdemocracia más progresista, aunque con una discutible estabilidad y consistencia interna, lo que difícilmente facilitará el que pueda significar un problema para el gobierno del PP.

Si el PSOE pierde esta oportunidad de liderar el cambio de forma compatible con una cierta estabilidad socioeconómica, agrupando a todas las fuerzas a las que el PP ha ninguneado en la legislatura anterior y a las nuevas fuerzas políticas consolidadas el 20-D, podrá poner a Susana Díaz de Secretaria General y de candidata, pero por mucho que cambie hacia una socialdemocracia de derechas su nueva política, no va a convencer ni a los que han votado Ciudadanos, ni mucho menos a los que el 20-D han votado PP, pese a la falta de honradez y de decencia de su líder, y al entorno corrupto y para el enriquecimiento personal que ha generado a su alrededor. Y, ¿cómo va a votar al PSOE cualquier persona que desee un cambio si cuando lo puede pilotar se dedica a luchas internas por el poder? Si el Comité Federal del PSOE y sus varones no cambian de comportamiento, es muy probable que este partido esté firmando su acta de defunción, o su relegación a las cavernas por un largo período de tiempo, sometiendo igualmente a la sociedad española a la tensión de las contradicciones esperables de una mayor desigualdad, mayor pérdida de sociedad de bienestar y mayor radicalización en los campos ambientales y territoriales, con procesos como la independencia de Cataluña que pueden llegar a tener consecuencias trágicas para todos.

Sería imprescindible, por lo tanto, que en el PSOE se subordinaran las luchas internas por el poder en el partido a la consideración de los intereses generales de la mayoría de los ciudadanos y este partido cumpliera con la importante función social que las circunstancias actuales le exigen. Ya podrá cambiar de Secretario general o de candidato para la próxima legislatura que, en cualquier caso, y aunque las fuerzas defensoras de un cambio –a la izquierda del PP- llegaran a un acuerdo, debería producirse en un máximo de dos años, tras haber definido las cuestiones asociadas a la modificación de las leyes más regresivas aprobadas por el PP, y la propia e imprescindible modificación de la Constitución, cuyo cambio debería incorporarse al referéndum y nuevas elecciones implícitas al mismo.

El segundo aspecto que contribuye a la inestabilidad e incertidumbre del año 2016 para España, viene asociado al aumento de la interdependencia socioeconómica y ambiental en un mundo global con creciente dependencia española del exterior. La creciente globalización económica y el predominio de una economía financiero-especulativa en un marco de disponibilidades virtuales de capitales que multiplican por muchas veces el valor patrimonial y el potencial productivo de las economías mundiales, implican un riesgo difícilmente mensurable sobre la estabilidad de las monedas (sobre todo, pero no sólo, en los países más débiles, incapaces de responder a los movimientos de los capitales especulativos) y sobre la estabilidad de muchos de estos países en los que las crisis y las mantenidas políticas neoliberales y de “austeridad” de los Organismos Internacionales, con el FMI a la cabeza, tienden a maximizar las desigualdades, el descontento social y la emigración.

Y a esta “bomba potencial” de las ingentes cantidades de dinero virtual, se une el cambio de política de la FED de EEUU incrementando el tipo de interés, lo que debilita el tipo de cambio del resto de las monedas respecto al dólar y propicia la salida de capitales hacia este país, y una caída radical del precio del petróleo y de las materias primas, en cuyo origen se unen factores de distinta importancia geoestratégica, pero que inciden sobre los países en desarrollo detentadores de estos recursos, minimizando la autonomía de sus políticas e incrementando el riesgo de la exposición de sus monedas a los capitales especulativos. Los países iberoamericanos, de muy fuerte relación con las multinacionales españolas, y en particular los países denominados “bolivarianos”, entran dentro de los objetivos potenciales de los cambios geoestratégicos deseados por el mundo del capital. Y sobre ellos, aunque no solo, han incidido, debilitando su posición, las fuertes reducciones de los años 2014 y 2015 en los precios de las materias primas y de la energía.

En particular, singular importancia tiene para España, dada su altísima dependencia energética, la evolución del precio del petróleo y la comprensión de los factores que pueden estar detrás de esta evolución. Porque, dada su relevancia económica y la estructura de su producción global, el petróleo es un elemento controlable y controlado al margen –o a través- de los mercados. Entre 1973 y 1979 el control de la oferta por los países árabes hizo subir brutalmente los precios del petróleo (en 1974 se triplicaron, pasando de 3 a 12 $/barril) por motivos geoestratégicos-militares contra Israel y contra las potencias occidentales que lo apoyaron. La utilización de los precios del petróleo por la OPEP en etapas posteriores, con motivos geoestratégicos añadidos a los económicos, no ha sido nunca una novedad, y ayudan a comprender los sucesos acaecidos en países como Libia, entre otros. Y nuevamente en el período 2014-2015, junto a los motivos ligados a la reducción de la demanda energética, fundamentalmente en la UE y China por efecto de la Gran Recesión, y al aumento de la oferta derivada en gran parte del desarrollo del “fracking” en Canadá y EEUU, cuya magnitud puede reflejarse en el hecho de que, tras muchos años de prohibición, a finales de 2015 se ha vuelto a permitir la exportación de petróleo desde este país, son importantes motivos geoestratégicos y no solo de estrategia económica, los que explican la fuerte caída de los precios del petróleo.

Así, no es indiferente el comportamiento de la oferta a situaciones de peso creciente en el entramado económico global, derivadas de las constataciones científicas sobre el cambio climático, que van a asociadas a un peso creciente de las políticas de sustitución, ahorro y eficiencia energética, con la subvención y apoyo a las energías renovables, a un transporte ajeno al uso del petróleo y sus derivados y, en síntesis, a una disminución del peso del petróleo en la demanda energética global. Además, crecen las propuestas asociadas a que dejen de explotarse del orden de dos terceras partes de las reservas globales de combustibles fósiles registradas, como consecuencia de su incidencia potencial en un calentamiento global que puede tener efectos catastróficos para la humanidad. La respuesta de los países con mayores recursos declarados (y previsiblemente con muchos más recursos no registrados) capitaneados por Arabia Saudí y secundados por gran parte de la OPEP y del resto de ofertantes en su conjunto, ha sido el incrementar la producción de crudo hasta niveles que dejan fuera de la competencia a las nuevas inversiones en la búsqueda de nuevos recursos, incrementan fuertemente los costes de oportunidad en las inversiones en energías renovables, en la incorporación de los vehículos eléctricos, o en las inversiones en “fracking”. En paralelo, el lobby de los combustibles fósiles ha ejercido en la reciente COP21 de París su máxima presión e influencia –utilizando nuevamente a Arabia Saudí como punta de lanza- para conseguir que la inicial “descarbonización energética” para 2050, pretendida en el borrador inicial del Acuerdo de París, fuera sustituida por el concepto de “emisiones netas nulas individualizadas” que permiten seguir utilizando combustibles fósiles si las emisiones se compensan con captura de CO2 natural (reforestación), geológico o por nuevas vías que pueda abrir el desarrollo tecnológico.

Obviamente, en un mundo crecientemente presionado por los científicos y por amplias capas de población sobre los riesgos del Calentamiento Global, la respuesta de los principales poseedores de recursos fósiles de extracción más barata ha sido inteligente, “agradando” a los países importadores (entre los cuales hay que destacar a la UE, principal defensor de la lucha contra el Cambio Climático) con una sustancial bajada de los precios de la energía. Y, de paso, también se ha ayudado a perjudicar a ofertantes de recursos energéticos y de materias primas no precisamente del agrado de EEUU, la UE o las multinacionales que operan en estos países, como son los “países bolivarianos”, Rusia, o también Siria o el Daesh, entre otros. Aunque también estas reducciones de precios tienen efectos negativos muy significativos sobre las multinacionales de la energía o sobre inversores de distinto tipo en el campo del fracking o de las renovables.

Pero las disponibilidades de oferta potencial de petróleo de reducidos costes de obtención están en necesario retroceso. Algunos de los países de oferta significativa en este petróleo de extracción barata están inmersos en importantes conflictos o presentan una fuerte inestabilidad que dificulta la explotación normal de sus recursos. El objetivo político para algunos países del bloque occidental conservador de mantener precios baratos que aumentaran la inestabilidad y terminaran con los Gobiernos bolivarianos y los Gobiernos alternativos al “status quo” de la sociedad de consumo capitalista, ya se está materializando a finales de 2015, por lo que el relajamiento del abaratamiento en los precios de la energía puede ser cada vez más aceptable. Además, el continuado aumento mundial de la población (que se va a ver incrementado por la política de duplicar de uno a dos hijos la natalidad permitida en China), junto al aumento de sus niveles de consumo global y energético, hacen que las previsiones del mercado de futuros necesariamente se asocien a un nuevo incremento sostenido de precios del petróleo a nivel global, que, más pronto que tarde, volverá a ser la dinámica que presida su evolución a medio plazo; seguramente con fuertes y rapidísimas escaladas de precios a partir del momento en el que los objetivos de desestabilización geoestratégica (Venezuela, Rusia, Irán, Estado Islámico…) y sectorial (energías renovables y alternativas al uso del petróleo, coche eléctrico, nuevas prospecciones…) se consigan. Hay que señalar que antes del comienzo del “rallye” bajista del tercer trimestre de 2014, definido por una clara sobreoferta en el mercado de futuros, el precio de referencia a medio plazo para los operadores de futuros se situaba entre 85 y 104 $/barril de petróleo tipo brent. 2015 cierra con un precio de 37 $/barril y un precio medio anual de 48 $/barril.

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En un marco en el que el coste del dinero es prácticamente nulo en el mundo desarrollado, las multinacionales energéticas han venido apalancándose (endeudándose) fuertemente (se estima en más de un billón de dólares las inversiones en marcha que ven puestas en cuestión su rentabilidad por la caída del precio del petróleo por debajo de los 70 $/barril) para inversiones energéticas alternativas al petróleo, o para la búsqueda y explotación de nuevos yacimientos que, progresivamente, iban diluyendo la capacidad de control de los ofertantes tradicionales. La sobreoferta actual de crudo, con la rebaja del precio del petróleo “Brent” por debajo de los 40 $/barril (menos de la mitad del precio estimado coherente con el mercado) solo se podrá mantener mientras los países que potencian esa sobreoferta –con un papel muy destacado de Arabia Saudí, cuya actuación sólo es comprensible en connivencia con el Gobierno de EEUU- presenten reservas financieras muy elevadas y unos Fondos soberanos que gestionen especulativamente esas reservas; y que, adicionalmente, puedan aprovechar los beneficios esperables del conocimiento de la evolución a corto plazo de los precios de futuro del petróleo que sus países marcan. En todo caso, la evolución a corto plazo de los precios del petróleo en los mercados de futuro sigue acumulando grandes tensiones especulativas y situándose desde 15 $/barril, para los especuladores a la baja, hasta el doble como tendencia más sostenida, y 50 $/barril para los que confían en una recuperación de las economías de los países desarrollados y de los BRIC, bajo la idea de que la sobreoferta de la OPEP continuará a lo largo de todo el próximo año, para provocar la salida del mercado de los productores menos eficientes, e incrementar desproporcionadamente el coste de sustitución del petróleo por energías o consumos alternativos. En todo caso, la OPEP estima que el precio del barril al final de la presente década alcanzará una media de 80 dólares, situándose un 20% por debajo del Escenario mínimo estimado a inicios de 2014.

Obviamente esta evolución está teniendo una elevada repercusión en los ingresos de los países exportadores de crudo. Por ejemplo, Arabia Saudí va a registrar un déficit récord de 98.000 millones de dólares en 2015, lo que supone el 16% de su PIB, a la vez que sus gastos militares (proyectos militares y de seguridad) absorben el 17% de ese déficit. Pero aún así, su deuda pública representará un 5,8% de su PIB, aunque más que duplicando la cifra correspondiente a 2014 (2% de su PIB). En todo caso, incluso en este país de muy elevadas reservas de divisas, puede esperarse un incremento de la inestabilidad como consecuencia de su relativo alejamiento de EEUU, de las guerras religiosas que alimenta (sunníes frente a chiíes) y de la creciente contestación interior a un régimen fuertemente autoritario que no respeta la Declaración de Derechos Humanos y que se ve obligado, para 2016, a abordar un plan de recorte de gastos que puede incrementar significativamente el descontento interior; a la vez que señala su objetivo de “reducir su dependencia del petróleo” en un plazo de cinco años, revisando su política de subvenciones (lo que implicará aumento del precio de consumo) para “conseguir la eficiencia en el uso de la energía, conservar los recursos naturales y frenar el malgasto y uso irracional del agua”. Si la inestabilidad interna obligara a un cambio de política en los países de la OPEP, y en particular en Arabia Saudí, y se recortase su producción, el precio del barril Brent podría recuperarse fácilmente por encima de los 50 dólares.

La diferencia de un precio máximo de 50 $/barril a uno mínimo de 15 $/barril tiene una gran trascendencia para España, dado el fuerte peso de la dependencia energética y de los precios del petróleo, tanto en nuestra balanza de pagos como en la marcha de la economía española, todavía fuertemente carbonizada y energéticamente muy ineficiente en términos relativos. Pero eso será objeto de más detalle en la segunda parte de este artículo.